25 entrega: Ya todo vale madres, hagas lo que hagas da lo mismo.

“Ya todo vale madres Iliana, hagas lo que hagas da lo mismo, por mí, la verdad, no te preocupes, trata de sacar lo mejor de ti en estos momentos. Toda tu inteligencia y tu chispa se reduce a eso. Al acto de seguir en pie, así sea por unas horas más. Te diría que te fueras lejos y no regreses nunca, pero no es fácil que salgas ahora. Mejor sería que me dejaras solo de una vez, y así, quizá, me sería menos complicado este dilema. Salvar tu vida es lo que me preocupa, y tú no tienes puta idea de cómo es esta gente. Te colgarán desnuda en la plaza pública, o tal vez en la explanada de la iglesia, para que pagues tu culpa. No habrá tiempo de nada, descubrirás entonces lo inútil de las palabras en un mundo absurdo. ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta lo absurdo y bizarro que es todo? ¿De que sirvieron tus sueños de hacer una mejor vida? Dime, dímelo tú. Responde. ¿De qué sirvieron todos tus esfuerzos? No hay tiempo Iliana, no hay tiempo ya. Hemos llegado al límite y este es el momento decisivo para optar por la mejor salida. Hay que soltar amarras, llegar hasta donde nos sea posible. Tenemos que traer los bidones de gasolina. Los vamos a necesitar. Puede que algo ocurra muy pronto, la música ha parado y eso quiere decir que el entierro terminó. Ya sepultaron al campesino que mataste de una pedrada Iliana, el dolor de su familia por lo sucedido no es algo sencillo de asimilar. Ese silencio espanta. Porque no sé si luego de la ceremonia vendrán por nosotros. No nos dejarán así nomás. Mira, mira a tu alrededor lo que nos han hecho. Todo el terreno está chamuscado, hasta las piedras quedaron tiznadas. Mira ese pino, quedó como un ramillete seco de madera podrida. Esto parece un infierno. Qué más nos queda Iliana, qué podemos hacer, dímelo”.

Iliana no respondía nada, sólo me miraba, con la pequeña piedra entre las manos, no dejaba de jugar, sin darle importancia a lo que yo decía. El cadáver de Max, inmerso en la tierra, había desaparecido para siempre de nuestra vista. Acaso la camioneta en la que había llegado al pueblo seguía varada en el arco de ladrillo. Yo tenía las llaves en el bolso de mi pantalón. Y aunque parecía una estupidez arriesgarse a ir hasta allá a recuperarla, la idea me atrajo por una sencilla razón: La posibilidad de escapar y huir lejos.

La tomé de los hombros, la sacudí, y le grité: “¡Escucha, voy a rescatar la camioneta cueste lo que cueste! Si no pude hacer nada por Max, en su honor, ¡al menos no dejaré la camioneta a sus victimarios!

Iliana me paró las esperanzas con una frase categórica. Me dijo: “Estás totalmente estúpido”. No sé por qué, pero me quedé callado, sólo se me ocurrió ponerme hacer un cigarrillo. Miré el rostro de Iliana, lacerado por los días y las situaciones. Me costaba imaginar que sería colgada por la justicia popular. Su mirada de ternura, de satisfacción vacía, me llenó de un sentimiento de angustia. Fue como si en mi pecho se hubiera atorado un pedazo de tela, sentí los pliegues retorcerme, remover el lienzo de mi piel y mi coraza. Sus ojos, sobre todo sus ojos, me transmitieron la luz de una claridad no vista en el día, a pesar del sol que brillaba encima de nosotros. La boca, parecía cimbrarle un temblor indeciso y mínimo como el tic de una persona nerviosa.

—¿Sabes que día es hoy Iliana? —Le pregunté porque no se me ocurrió nada más interesante. En el fondo ir por la camioneta significaba mi muerte segura. Era mejor hacerle caso y juntos hacer algo por salvar el pellejo.

—Me importa un pito el día que sea, me da lo mismo.

— Es sábado, escucha bien, sábado. Sábado seis de junio, de este año mierda que quedará marcado por la historia universal como el año de la pandemia.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Es sábado. Los sábados solían ser días especiales. Casi para todo el mundo. Desde hacía tiempo tenía la sensanción de habitar un mismo día toda la semana. El calendario dejó de tener sentido desde que inició el confinamiento. ¿Te habías dado cuenta de eso? Era como si todos los días fueran el mismo domingo. No importaba el día que fuera, todos los días eran el mismo. Con la imposición de ser vividos puertas adentro. Hacía tiempo que no sentía la felicidad por el día sábado. Y este día lo haremos especial tú y yo, aunque se nos vaya la vida en ello…

— ¿Para qué querías los bidones de gasolina? No quiero ya más locuras, ya somos unos asesinos de porquería, prófugos de la justicia, maleantes sin oficio ni beneficio.

—¡No digas eso por favor! ¡Que la lengua se te haga chicharrón!Iliana se río a carcajadas porque hacía mucho que no escuchaba esa frase—.

—Todo es una pendejada —me dijo con risas aún entre los dientes—, la vida entera a veces me parece eso: una pendejada.

—Por qué me dices eso, eso me parece muy triste y patético, si tú me hubieras dicho eso antes yo no te recibía en el terreno. Iliana, escúchame, yo amo la vida, amo cada uno de los días, amo a las personas, todo lo he hecho por puro amor a la vida…

Iliana dejó de reírse, se puso seria, enderezó la espalda y cruzó los brazos. El juego del pelo en sus hombros le delineaban el contorno de su cara con mayor definición. Con una frase para callarme la boca, me interpeló: “¿Los cubrebocas los hiciste por amor a la vida?”

Su comentario me llegó al fondo de mi corazón. Ese era mi punto débil. Saber que la pandemia me había beneficiado me convertía en una paradoja. Yo mismo vivía la contradicción de un sistema miserable y mezquino. Su pregunta no podía sino tocarme la llaga, herirme donde más me dolía. Yo no era capaz de argumentar nada serio, porque a decir verdad mi existo sólo fue algo incidental, circunstancial. Sin embargo gracias a eso es que tenía el terreno y podía vivir sin complicaciones económicas. Yo quería ayudar al pueblo, pero un arranque de locura interrumpió de golpe mis ilusiones. Tal vez, la idea misma de ayudar, era un malentendido. Lo que debía hacer era transformar la realidad. Valerme de los medios a mi alcance para facilitar un cambio drástico en la vida concreta. No se trataba de dar lismonas, ni donativos de ningún tipo sólo para mantener las cosas en el mismo orden injusto y desigual. Mi cometido era más profundo en el sentido de intermediar para que la vida recuperara un cause más equitativo. Por eso las palabras de Iliana, salidas de sopetón de su tierna voz, resonaron en mi cabeza, provocando mi incomodidad a partir de ese momento.

—¡Como una chingada Iliana, deja de juzgarme!

—No te estoy juzgando animal. Te estoy haciendo una pregunta.

Me quedé callado, fumaba intranquilo como nunca. Ya era la segunda vez que me insultaba, pero no estaba el momento para reclamarle algo. Yo echaba el humo para arriba y antes que se perdiera en el cielo ya le estaba dando otra calada al tabaco. Ella me miraba, con esos ojos insolentes, llenos de brillo en la desgracia. El cielo claro, las nubes blancas, la yerba negra, las llaves de la camioneta en el bolso de mi pantalón, el silencio del mediodía.

— ¡Por favor! —Traté de hablar más suave y me alejé unos pasos de Iliana—. Lo menos que quiero es discutir contigo. Tenemos que estar juntos en estos momentos. Mira esas flores sobre la tierra removida. Mira el pico y la pala, mira los árboles secos por el fuego, mírame a mí, aquí en medio de esta desolación. Mira el pozo de nuestra esperanza, el búnker terroso de la osadía. Estamos en el límite Iliana, y quiero contar contigo. Necesito que vayas por los bidones de gasolina. Todo se puede ir a la mierda en cualquier momento. Eso ya lo sabemos. Entonces qué esperas ahí, por favor, muévete. Sólo eso te pido…

—Me habías dicho que te ibas a poner a escribir… Y ahora sales con esto…. No sé qué tramas, pero la verdad me das miedo. ¿Por qué mejor no empiezas a escribir y te olvidas de los bidones de gasolina?

Era sábado, y no lo puedo olvidar. Ese día, cuando yo imaginaba que a pesar de todo podíamos vivir algo hermoso como un acto de última resistencia. Ese día, comenzaron las persecusiones a todos los extranjeros del pueblo. No lo podré olvidar nunca. Hasta dónde habíamos llegado. Ejecuciones extrajudiciales de personas inocentes, todo por mi culpa. Max acaso fue el primer fuereño en recibir la furia irracional del pueblo. La lista de fuereños muertos o desaparecidos, fue en aumento al paso de los días. Iliana y yo seguíamos ahí, en el búnker. Cinco bidones de gasolina, una motosierra, pico, machete y mi pequeña navaja eran nuestras armas de defensa.

Aquél sábado siniestro, mientras yo escribía a la luz de una vela e Iliana dormía, en el pueblo ocurrieron las salvajadas más inimaginables. Mis dos hijos y su madre, estaban ahí, lidiando los días con el terror de la pandemia en su sentido biológico, pero también en el aspecto social y bestial.

El pueblo entero, fue el escenario de una carnicería cruel y detestable, al margen de cualquier medio informativo. Un dron sobrevolaba el terreno con insistencia. De seguro nos estaban vigilando. Esa noche, por la entrada del pozo asomé mi vista y logré ver que la pequeña nave auto dirigible arrojaba un polvo blanco que se desparramaba en el negro cielo de la noche. El dron daba vueltas encima y no dejaba de tirar esa especie de cal volátil y sospechosa.

—Iliana, Iliana, despierta, mira esto, mira como el dron suelta un polvo blanco. ¿Qué será? ¿ Por qué pasa a estas horas cuando todos duermen? Iliana, Iliana, ven mira. —Ella se acercó con cautela, temiendo ser vista o grabada. La luna brillaba en lo alto tras el fondo de una lluvia polvosa.

— ¿Qué será ese polvo? —preguntó ella.

— No ha de ser cocaína —le respondí. Ella se dio media vuelta y se fue a dormir de nuevo.

— Ni tampoco leche en polvo —agregó ella.

Fue lo último que le escuché. Luego de esa frase no volví a escuchar más a Iliana. Las redadas persecutorias nos sorprendieron las primeras horas del domingo. Un hombre calvo tomó a Iliana y la aisló de mí.

Le perdí la vista cuando un guardia me tomó por los pelos. Una voz gruesa y seca me ordenó: “No levante la cabeza cabrón”. Me trasladaron en la caja de una camioneta a la plaza principal del pueblo. Me arrojaron al piso con violencia y al caer vi a cuatro amigos acomodados en hilera, sentados con las manos atrás. Hacía tanto tiempo que no los veía. Fue muy triste que ese fuera nuestro primer encuentro luego de la declaración de emergencia sanitaria.

***

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