26 entrega: Me pusieron boca abajo sobre la superficie de asfalto.

Me pusieron boca abajo sobre la superficie de asfalto. Sentí el frío seco de la planicie. La plancha fúnebre y mortal donde quedaría mi cuerpo muerto. Me colgarían del poste de la luz. Me bañarían a pedradas. Me rociarían con gasolina y de un flamazo se reirían de mí. Yo, lucharía hasta el final para salir victorioso. Pero todo sería inútil ya.

—¡No levanten la cara cabrones! —Nos ordenó un guardia que sostenía un machete en una mano y llevaba una escopeta colgada al hombro. Después que dijo eso, ya no lo pude ver. La orden fue mantenernos agachados, sin levantar para nada la cabeza. Así asumí el proceso. Así enfrenté el curso de mi destino, sin levantar la cabeza. Tenía que hacerlo si quería seguir viviendo, así fuera unos minutos. Se me prohibía levantar la mirada, para no ver a los ojos a nuestros verdugos, para no ver directamente la cara de la crueldad, el rostro de la locura y la vileza humana.

Postrado en el lecho del ajusticiamiento, la luz del día me penetró las pupilas, acaso el reflejo solar de mis últimos instantes. Logré ver los rostros de mis amigos cautivos, apachurrados por la justicia despiadada, prisioneros, con la cara plegada al suelo. “Las víctimas del arrebato colectivo que desató la pandemia”, eso éramos. Seres indefensos, arrojados al instinto de sobrevivir, en un pueblo de legendarias costumbres y milenarias tradiciones.

El rostro de mis amigos Mariano Clark y Felipe Ulrich estaban ahí, a mi lado, lamiendo el suelo sin comprender su culpa. Junto a nosotros, el polaco y el portugués en igual situación de desconcierto. Los cinco, habitantes fuereños del pueblo desde hacía años; años nobles e ingenuos en que la vida ocurría sin sobresaltos.

Mariano, con su enorme altura, el cabello amarillo y los ojos verdes, no dejaba de mirar en vano hacia arriba. Se esforzaba y torcía su cabeza para intentar un diálogo imposible con los guardias. “Callése pendejo”, le dijeron un par de veces antes de darle una patada en el pómulo. Felipe, con sus rastas cochambrosas, el tipo más noble que podía existir, se mantenía quieto, callado, sólo obedeciendo las indicaciones de no voltear. El polaco andaba descalzo. A pesar de la transparencia de su piel, los azotes recibidos previos a su detención le mancharon la ropa de gotas de sangre, así como la punta de sus pies. ¿Y el portugués? Yo a él sólo lo conocía de vista. Tenía tatuajes en los brazos y muchas pulseras.

Al portugués fue al primero que le dispararon. Uno de los guardias tuvo que activar el gatillo sin preámbulos. Un plomazo en la cabeza bastó para que se desvaneciera en un silencio sepulcral. Tras el disparo, varias personas se atrevieron a aplaudir, como si estuvieran celebrando algo. Gritaron: “¡Bravo! ¡Bravo!”, luego se quedaron en silencio cuando vieron escurrir un charquillo de sangre de la cabeza del portugués que pataleaba en un acto reflejo por sobrevivir. Sus últimos suspiros se quebraron en el mudo azar de una mañana del siete de junio.

Yo comencé a temblar, pero no quería que los guardias vieran que estaba temblando. Aunque no me dejaban mirar a ningún lado, el plomazo me hizo voltear. Enfrentaría lo que fuera con la frente en alto. Mi cuerpo lleno de temblor y sudores fríos, se vio sorprendido por unas inesperadas ganas de cagar. Me estaba cagando de miedo, literalmente. ¿Qué podía hacer yo? Si atestigüe la bala que desplomó a aquel hombre, con la sensación que todo estaba por concluir.

—A estos perros llévenselos a la bodega —masculló una voz rasposa, procedente de las alturas respecto al suelo de nuestro terror. La voz resonó entre susurros tímidos de los pobladores que miraban la humillación de la cual éramos objeto.

— Afirmativo, comandante —respondió un guardia de rostro cubierto, el mismo que antes me agarró de los pelos. Lo reconocí por la voz, me había dicho: “No levante la vista cabrón”, y a partir de entonces yo tenía la vida cronometrada.

Eso pensaba yo, eso creía. No había modo de librarla. El portugués quedó fusilado en la explanada de la plaza principal del pueblo, con el tiro de gracia en la cabeza. A Mariano, Felipe, el polaco y a mí nos trasladaron a un bodegón semi oscuro.

Cuando entramos vi al otro extremo a Iliana adentro de una especie de jaula de barrotes de metal. No dejaba de sacudir su cuerpo de un lado cuando escuchó abrirse el portón metálico del bodegón. Los guardias, cubiertos del rostro completo, seguían nuestros pasos con la cautela de un cazador. Las presas fuimos nosotros, que ingresamos al sitio oscuro con el presentimiento de lo que estaba a punto de ocurrirnos. Iliana estaba desnuda, amarrada de los postes con las piernas abiertas, las manos atadas por arriba de su cabeza, los ojos vendados, y un pedazo de tela metido en la boca.

Pese al estado indefenso en que se encontraba, no dejaba de agitarse, de dar manotazos torpes y dar patadas inútiles en el vacío de la estructura carcelaria y animal. Me pareció ver en su cuerpo las flagelaciones de unos latigazos pero no estuve seguro de que se tratara de eso. Tal vez le pegaron con una rama o con una cuerda corriente. Pero eso era lo de menos. Le habían pegado, y eso me llenó de coraje.

Nos guiaron hasta quedar muy cerca de la jaula. Entonces un guardia le quitó la venda de los ojos a Iliana. Ella me miró. Yo le sonreí. No sé por qué, me dio gusto verla, saber que estaba viva, que aún no todo estaba perdido. Surcos de latigazos brotaban de su piel. Sanguinolentos trazos de bestialismo dibujaban en ella la acupuntura del dolor. No había pasado mucho tiempo de nuestra detención, pero me dio la impresión que Iliana había envejecido en esas horas. Sus ojeras, transfiguradas en dos pequeños bolsos de angustia; la frágil desnudez de su carne sometida a viles castigos; y sobre todo, sus anhelos frustrados de libertad, le habían derrumbado el deseo de todo propósito. Verla en tal situación me hirió por dentro, como si me hubieran escupido el alma o meado el corazón.

Un hombre vestido con una máscara de payaso se acercó a nosotros, los prisioneros del pueblo, los fuereños. Vi que llevaba una bolsa negra de plástico. Sólo la sostenía en sus manos como si fuera un pañuelo. Vestido con un saco color marrón, la máscara de payaso resaltaba entre la poca luz de la bodega. Iliana se sacudía ante la mirada lasciva de los guardias, cuyos ojos saltones era lo único que se podía distinguir de ellos.

—El comandante le envía a estos perros —dijo un guardia de baja estatura. El payaso caminó en círculos sin decir palabra, no hacía más que mirar al polaco directo a los ojos. Unos ojos entre grises y azules, llenos de espanto, de horror. La máscara del payaso tenía dos mechones de pelo rojo y el centro de la cabeza pelona. La cara pálida, aterradora, un clown macabro iba a torturarnos.

—¡Póngame a ese cabrón de rodillas! —Ordenó el payaso de un grito, y tres guardias se dirigieron al polaco para sujetarlo de ambos brazos.

Le dieron un puñetazo en la cara. Le torcieron un brazo. Lo obligaron a hincarse. Un aulllido de dolor se esparció en la bodega. Luego vinieron los balbuceos de la asfixia.

Yo quería gritarle a Iliana: “Todo va a salir bien, no temas, no te des por vencida, no te acobardes”. Ella estaba ahí, en esa especie de jaula de acero, quizá como cautiva sexual de una pandilla de depravados y degenerados. “Estamos en el infierno mismo”—pensé—. Un guardia me dio un palmazo en la oreja. “Agáchese cabrón” —me ordenaron—. “ Y no levante la puta cabeza”.

Sólo escuché un ligero grito del polaco, luego la resonancia se ahogó de nuevo bajo la bolsa de plástico. “Avísenle al comandante que yo me encargaré del asunto”—fue la frase fatal que pude escuchar entre el silbido permanente que quedó en mi oído por la palmada. Los sonidos de asfixia se mezclaban con chasquidos de escupitajos que arrojaba el payaso. Yo quería mirar la escena y lo intenté pero otro guardia me dio una patada en el estómago. “Espere su turno, perro” —maldijo, y escuché que los otros guardias se rieron.

El payaso se divertía con demencia, colocando la bolsa en la cara del polaco. Pude ver de costado la calva blancuzca, los pelos rojos despeinados, la nariz bola; un clown poseído por una voluntad de maldad. Escuché risas burlonas de los guardias que presenciaban la crueldad con que el payaso perpetraba su tortura.

—¿Quién fue? Dígame o aquí le carga la verga —Yo no podía ver mucho, sólo escuchaba los gemidos inciertos que entraban a mis oídos con dolor. Por el palmazo que me dieron en la oreja, me seguía ardiendo y chillando. Pero lo peor no era el chillido infame sino los gemidos del polaco que se ahogaba con la cabeza metida en un plástico negro. Escucharlo era algo terrible.

¿Por qué el payaso estaba interrogando así a ese pobre hombre? Ni el polaco ni Mariano ni Felipe tenían nada que ver en nada de lo ocurrido. Tampoco el portugués fusilado a mansalva en la plaza. ¿Entonces por qué los habían detenido? El payaso no dejaba de increpar al polaco, cuando los gritos de unos niños resonaron en la bodega. “ ¡Papá! ¡Papa! ¡Hola papá!”. Eran mis hijos que gritaban desde el portón. Todos volteamos a mirarlos. Y ellos comenzaron a correr hacia mí para abrazarme.

—¿Qué pasa comandante? —Gritó el payaso. Un hombre que estaba en el portón junto a la madre de mis hijos levantó la mano y la bajó repetidas veces como diciendo “párale, párale”. Un puñado de pobladores armados con machetes rodeaba a mi exmujer.

Mi hijo mayor, me vio acostado en el piso y se quedó parado unos segundos, le llamó la atención el payaso; el menor, comenzó a llorar, le dio miedo. Los guardias se miraban entre ellos. Los llantos del más pequeño resonaban. Fue lo único que quedó flotando mientras el comandante se dirigía hacia nosotros.

Me levanté. Iliana me miró. La miré. Mis hijos se treparon en mis brazos y me besaron. El polaco medio se enderezó en el piso y comenzó a llorar muy fuerte. Los sonidos provenientes de su llanto me quebraron el corazón. Ahí estaban mis hijos a mi lado. Mis amigos. Mi excompañera. Toda esa vida de antes de la pandemia, transformada ahora en una persecución de sí misma. Todos éramos los culpables y los inocentes de una desgracia más global que nos socavaba el corazón.

—¿Quien es este pendejo comandante? —Preguntó el payaso.

— Lárgate de aquí. Y quítate esa máscara, no seas ridículo.

2 respuestas para “26 entrega: Me pusieron boca abajo sobre la superficie de asfalto.”

  1. Amigo, gracias por leer, eres de los pocos que han seguido este relato, llamado aquí, a título de ensayo, Informe de la Pandemia. Por eso te agradezco. En cuanto a lo que dices, debes saber que se trata de una ficción, no de una crónica periodística. El pueblo no es uno en particular, es el absurdo, lo bizarro y cruel que existe más allá de una geografía específica. Veremos qué acontence con esos personajes. Espero que cuando salga el libro impreso, ¡tú seas una de las pocas personas que lo tenga! Gracias amigo enteogénico, por dar aliento para seguir escribiendo. .

  2. And the beat goes on!
    Mejor que en el pueblo no leen sobre las atrociadades que tu les atribuyes para que no te cuelgan de un arbol una noche sin luna.
    Reconozco en la captura de tus amigos tu temor a ser identificado con supuestos crimines ajenos. Estas soltando tus diablos en este relato, ojala sea un ejercicio libertador.
    Adelante amigo, hasta las ultimas consequencias.

Comentarios

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