27 entrega: Yo no soy un criminal, ni tampoco un traficante, en todo caso sólo trafico ideas.

—Comandante, quizá supo del tipo que venía por agua de manantial y fue ahorcado en el kilómetro treinta y tres. ¿Quién ordena esas cosas señor? Dígame. Quién es capaz de colgar a un hombre cuyo único delito fue querer estar sano en esta contingencia. Usted sabe las propiedades curativas del agua de manantial. No deberíamos negarla a nadie. Ese hombre, llamado Max, sólo buscaba agua para purificar sus riñones… Yo no soy un criminal, ni tampoco un traficante, en todo caso sólo trafico ideas, pero de eso nadie me puede culpar. Le ruego, señor comandante, que me otorgue la posibilidad de llevar mi juicio conforme a la justicia internacional. Usted comprende, que de ser juzgado aquí, en este pueblo, llevo todas las de perder. Yo estoy dispuesto a manejar esto de la manera que más se ajuste a su criterio. Sólo quiero seguir viviendo. Cuente conmigo para lo que sea, sepa que aquí, en este humilde ciudadano de un pueblo escamado por la pandemia, cuenta con un servidor. Las cosas no son lo que parece, le ruego su comprensión. Vea a mis hijos, vea a su madre como tiembla. Considere lo que depende de sus manos. De su palabra cuelga mi vida en estos momentos. Lo que usted decida afectará el destino de una familia, y en especial, el de dos pequeños niños inocentes, con un futuro por delante. Estoy asustado comandante, tengo miedo, le confieso que tengo miedo acerca de lo que me pueda pasar. Usted debe saberlo, soy el creador de los artecubrebocas, tengo una fortuna a mi disposición, pero de qué me sirven si estoy aquí. En esta bodega fría junto a un payaso adicto al placer de producir dolor en los prisioneros. Vea a mis amigos, pobres, se lo aseguro, ellos no tienen nada que ver en esto. Qué más me queda ya, sino decirle la verdad….

—Espere, ese hombre del que habla atacó al síndico. Estuvo a punto de arrebatarle la vida. Ahora mismo se encuentra inconciente, en estado de coma, en la sala de terapia de intensiva. ¿Por qué no piensa eso antes de abogar por ese criminal? ¿Sabe quién colgó a ese tipo? Esa mujer que ve usted ahí enjaulada. Ella fue vista en ese punto de la carretera colocando unos tablones con clavos. La guardia sanitaria se percató de ella tras los rondines nocturnos. Esa mujer que ve ahí también mató a un campesino. Le arrebató la vida de una pedrada en la cabeza. Así es que, si usted es inocente de todo esto. Tenga la certeza que no le pasará nada.

—Explíqueme entonces qué hacen estos hombres aquí, y por qué han matado al portugués de un tiro en la cabeza en plena plaza pública. Explíqueme eso.

—Un momento, en primer lugar usted no me va a decir lo que tengo qué hacer. En segundo, abrace a su esposa que mire como esta temblando.

Mis hijos, se quedaron viendo como el payaso se alejaba, los pelos rojos de los lados, la calva central, la pálida piel de su terror, se alejaron a pasos lentos. Lejos de la escena de la discusión, el payaso se quitó la máscara pero sólo le vi la cabeza por detrás, no puede ver su rostro. ¿Quién era ese maldito? El comandante lo había corrido como si fuera un niño al que regaña su mamá. El payaso debía ser alguien de ínfimo nivel en la estructura de poder. Sin embargo su locura estuvo a punto de matarme. El polaco seguía llorando con espasmos y un silbido en la garganta. La bolsa negra de plástico seguía ahí, tirada a un lado de los guardias, que contemplaban todo en silencio.

—Y ustedes qué hacen ahí, lárguense pendejos —gritó el comandante y los guardias de rostro cubierto se fueron caminando por detrás de la jaula. El silencio de la bodega se dejó sentir. Sólo el eco de sus pasos resonaba. Uno de los los guardias arrastraba los pies. Y ese desplazamiento de sus botas fue muy molesto en tales circunstancias. Creo que así también lo sintió el comandante porque le gritó: “Levanta los pies pendejo”. Yo abracé a la madre de mis hijos, y por momentos la amé de nuevo, como hacía tanto tiempo no sentía en mi corazón. Tuve ganas de ahí mismo pedirle perdón por mis arrebatos domésticos, por haber sido tan extremo al irme de la casa y abandonarlos para habitar un terreno de yerbas silvestres. Sus ojos eran de una dulzura, que la garganta se me hizo nudo por la situación que la hacía pasar. Sentí su cuerpo afiebrado, el temblor de sus brazos, el silencio de su rostro no necesitaba de palabras para decirme lo aterrada que estaba. La abracé y ella comenzó a llorar. Los guardias se detuvieron para voltear a ver lo qué ocurría.

—¿Qué? ¡Avanzando! ¡Órale cabrones! —El llanto de mi mujer opacó cualquier rastro auditivo. Los crujidos de su pecho, se le salieron como ramas rotas de un árbol que cae en seco. Fue tan doloroso para mí escucharla así. El llorido profundo de un alma lastimada por los efectos colaterales de la pandemia.

En el pueblo, seguía sin haber ningún contagio. Se rumoraba, de supuestos sobornos a pacientes enfermos de otras afecciones muy ajenas al virus. Eso se sabía, pero como tal, no había la certeza de ningún contagio real. Sin embargo el clima de emergencia sanitaria permaneció como pauta más allá del arco de ladrillos que divide al pueblo del resto del mundo.

Por instantes reveladores de una lúcida claridad, tuve la sensación de haber elegido la mejor opción en mi vida. Aún y que me encontraba en una situación sin salida, estaba agradecido con todo lo que ese pueblo me había dado. Fui yo, y debo reconocerlo, quien alteró la sabia armonía de sus habitantes. ¿Fue un error recibir a Iliana? ¿Fue un error responder como lo hice ante mi primera detención? ¿Fue un error cerrar la carretera, derribar pinos y colocar tablones con clavos? ¿Para qué hice todo eso?

Mis hijos comenzaron a jugar con la bolsa de plástico. El más pequeño la pateaba y luego corría tras ella. El mayor, corría también y de un manotazo hacía volar la bolsa que caía al suelo y el pequeño la pateaba de nuevo. En eso consistía el juego. Y verlos jugar era algo tan bello, tan hermoso; un gesto de libertad genuina respecto a nuestra mediocre forma adulta de vivir.

Tuve pasajes de mi infancia que revolotearon por mi mente. Un llavero en forma de corazón con mi retrato de niño. Todo había pasado tan rápido, para verme de pronto en mis circunstancias actuales. Ahí estaba yo, mis hijos, mi ex mujer, Mariano, Felipe y el pobre polaco que seguía de rodillas con lágrimas en los ojos y respirando con agitación. La vida era eso: un puñado de ser humanos frente a un comandante sin nombre.

— ¡Que vayan a la verga! —exclamó el comandante—. Estoy harto de todo esto. Yo también tengo hijos amigo, yo también tengo mujer. Estos guardias son unos gorilas sin educación. Se tomaron atribuciones que no les corresponden. Pagarán por ello, y en especial el pendejo del payaso. Le pido que me disculpe, enfrente de su mujer quiero expresarle mis disculpas. Si usted desea puede poner una queja en la oficina de denuncias, pero desde que inició la pandemia no hay nadie que atienda ahí. Por mi parte, le ofrezco llegar a un buen acuerdo… Yo ni siquiera soy de este pueblo, me enviaron al sur y aquí me tiene ahora, al mando de unos imbéciles. Pensándolo bien, le recomiendo que no ponga la queja.

Iliana seguía en la jaula, amarrada de las manos y los pies, desnuda. En mis brazos, mis hijos escucharon mis mentiras. Les dije que era una trapecista. Tuve que decirles que era acróbata, que ella estaba ahí preparando un show con el payaso. Iliana me miró a los ojos. Le temblaba el labio. Su cuerpo quieto mallugado por latigazos inciertos. El comandante la mencionó como asesina de un campesino y de Max, el inocente. De eso la culpaban. Mi relación con ella nadie la sabía, sólo ella y yo. Sus ojos fueron el anuncio de una desgracia, que acaso, me tocaría presenciar sin poder hacer nada.

En mi pensamiento yo le había dicho: “No te acobardes, no cedas, no te rajes Iliana, no te rajes”. Pero ella nunca escuchó eso. “Algo tendré qué hacer por ella. Cueste lo cueste”, pensé.

—Síganme por favor —dijo el comandante, y me indicó con la mano que caminara tras él. Tronó los dedos un par de veces y tres hombres vestidos de saco negro y gafas oscuras aparecieron por el portón de entrada —. Su esposa y sus hijos se pueden retirar a su casa.

La madre de mis hijos comenzó a temblar y repetía con la voz entrecortada: “No, no. Por favor no. Se lo ruego, no se lo lleven. No por favor”.

Mariano, Felipe, el polaco, Iliana, una bolsa de plástico olvidada en el piso: fue la última imagen que tuve de todos ellos.

***

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