28 entrega: Yo le hablé al comandante como si estuviera hablando con Dios

Yo le hablé al comandante como si estuviera hablando con Dios: “Señor comandante, se lo ruego, se lo suplico, de su voluntad depende un destino. En sus manos está mi vida”. Mis palabras fueron rezos, oraciones clamando piedad. A pesar de eso, me entregó: “No le va pasar, no tenga miedo”. Fue lo último que me dijo antes de entregarme con los tres hombres vestidos de saco negro y gafas oscuras. Me subieron a una camioneta por la puerta trasera y en medio de dos hombres armados que ya estaban adentro me acomodaron con la orden de no hablar.

El que iba de copiloto dijo: “Tápale los ojos”, y arrojó un rollo de cinta canela al asiento trasero. Uno de los escoltas lo atrapó con ambas manos. “¡Eha!” expresó el chofer y los demás se rieron. Fue algo que me pareció sin gracia, pero a ellos les dio risa. El hombre que atrapó la cinta se quitó los lentes oscuros y entonces le vi la mirada: los ojos rojos, saltones, como dos bolas de fuego aterrador.

Sus ojos me provocaron miedo. “¿A dónde me llevan?” —pensé—. El chofer giró a la izquierda y estuvo a punto de chocar con un auto que accionó el claxón y lo hizo sonar varias veces aún cuando ya habíamos avanzado. Tuve la impresión que ese auto también participaba en mi destino. No era casualidad ni descuido, era un acto absolutamente coordinado. Me pusieron un pedazo de cinta en los ojos y después de eso ya no vi más.

El kilómetro treinta y tres había quedado muy lejos ya. Tuve la certeza de alejarme para siempre de aquel pedazo de la montaña que me había hecho vivir. Cuesta arriba, en un camino solitario en el que sólo se podía ver de vez en cuando un hombre caminando junto a un burro, o una mujer cargando leña en la espalda. No supe cuánto tiempo avanzamos, siempre cuesta arriba. En esa peripecia de curvas cerradas y peligrosas que componen la caprichosa geografía de la región. Me alejaron no supe cuánto. Allá en el pueblo quedó mi vida, embarrada en las ilusiones familiares de una vida feliz, y enlodadas en el sueño frustrado de mi proyecto de aldea.

“Una aldea de fugitivos —había pensado—, un búnker subterráneo, sembrar tabaco, marihuana y café. Cosechar tomates, calabazas y cebollas. Alimentar a las gallinas y comer huevos de rancho. Cultivar la milpa. Hacer tortillas de maíz a mano”. Todo eso se perdió en los humos de un tabaco natural que nunca llegó a sembrarse. Mi vida había sido eso. Una acumulación de pedazos rotos, de proyectos inconclusos, de sueños e ilusiones nunca alcanzadas. “¿De qué me sirvió la tierra, si no fui capaz de salir del aire de mi imaginación?” —Escuché cómo el hombre que iba a mi lado escupió por la ventana. Un aire pasajero se coló hacia el interior de la camioneta, y me frotó el rostro como un halo divino; lo único que me quedaba como evidencia de un más allá: el viento.

Los hombres no hablaban mucho. Sólo escuchaba el ruido del motor de la camioneta. Lo demás adentro de mi cabeza era la oscuridad que me causaba llevar pegado en los ojos un pedazo de cinta. Era, ridículo. ¿Qué podía yo hacer? El chofer, el copiloto, cada uno de los hombres que tenía a mi lado, y el otro que iba en la caja, con una escopeta colgada al hombro.

Yo hubiera querido fumar un cigarrillo de tabaco natural. De esos que solía fumar por las noches junto a Iliana. Iliana, Iliana, la pobre Iliana. ¿Cómo podría ayudarla? Si la vida me ponía de rodillas frente a un puñado de escoltas con órdenes de llevarme lejos. Iliana, Iliana, en qué desgracia había caído, y todo por mi culpa. Por creer que un proyecto propio era posible. Por desear llevar la existencia conforme a una voluntad más real, más conforme a lo que verdaderamente sentía. ¿Todo para qué?

Iliana quiso creer en algo, y se entregó a una causa que apenas comprendía. Creyó, con ilusión, que portar la pócima de los cuatro cabrones le salvaría de todo mal. Pero la vida no funcionaba así. Estaba el azar, los acontecimientos no previstos, todo eso que ocurría a nuestras espaldas sin pedirnos opinión, en fin, todo eso que nos gobernaba más allá de la razón.

Yo era uno más, producto de la locura pandémica, que nos arrojó al vértigo de vivir los días como si fueran los últimos. Así tal cual me lo habían hecho creer al comienzo de la declaración de emergencia sanitaria. Y no sólo yo, sino el mundo entero creímos en este peligro. Lo fue. Pero yo no me moría de eso. El virus no me llegó, ni a mí ni a nadie del pueblo, al menos no en la forma de síntomas evidentes. En suma, que el virus no era lo que me estaba matando. Me mataba el absurdo, con todas sus consecuencias. “¿A dónde me llevan estos cabrones?” —Pensé, pero eso, ya no me importaba. Debía estar en paz, irme con dignidad, retirarme de la jugada con grandeza, con entereza de espíritu.

Tras mantener abierta la ventana unos minutos, el hombre la cerró de nuevo. El zumbido del universo desapareció. Sólo quedó un ruido de motor y nada más. Quizá esa acústica mecánica, a la que le atribuí cierta armonía, era mi última sensación en la vida, mi última experiencia.

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