1. Yo fui aquel

Yo soy el chico aquel que escribía un informe de la pandemia, es de lo poco que alcanzo a recordar.

Mi última imagen fue el reflejo de la ventana trasera de una camioneta. El cristal cerró el paso, cortó las alas del viento que rozó mi cara con espantosa lucidez aquella noche. No sé cuántos días han pasado desde entonces, acaso semanas, meses. Sólo sé que arrastré el tiempo en el extravío, que anduve desnudo por caminos inciertos, mechudo, barbón y sucio, que fui un andrajo viviente, en suma. Recorrí kilómetros a la deriva, en un vaivén sin rumbo y sin conciencia por los linderos de mi propia perdición.

Hice caca en rincones de viejas construcciones de adobe, malpasé las noches más frías al abrigo de un puñado de ramas secas. Comí ratones crudos cuyas cabezas arrojaba a la oscuridad de la noche. Bebí la sangre de diversas aves y sentí recobrar mis fuerzas algunas mañanas que desayuné yerbas verdes del monte. Arrojado a la búsqueda de mi sobrevivencia, perseguí conejos inútilmente, con la esperanza de devorarlos vivos. El hambre me castigó, no tanto el estómago sino mi cordura. El vacío de alimento provocó mis reacciones más animales, todo lo hice sin entendimiento, sin comprensión, sólo movido por un impulso biológico de mantenerme en pie.

Lejos quedó la comodidad hogareña de abrir un cajón y tomar un puño de almendras. Lejos la posibilidad, de ducharme con agua caliente y secarme con una toalla limpia. Lejos de todo eso que arropó mis días en la plenitud de una seguridad gozosa. El monte fue un mapa de hierbas que me perdió entre matorrales y arbustos sin nombre. Lomas irregulares, vientos fuertes, lluvias imparables, la naturaleza fue una diosa que resguardó mis pasos con asombrosa sincronía.

Siempre encontré un techo, por más elemental que fuera, que me hizo posible pasar la madrugada. Siempre hubo un árbol ahí donde necesité de sombra. Siempre un charco de agua me cedió el trago que me quitó la sed. Por más dura que fue la subida, mantuve la energía necesaria para llegar arriba. Las cuestas y peripecias me alteraron el corazón a veces, que sentí estallar por dentro. Como un sapo atrapado, mi corazón luchó siempre por seguir saltando.

Así llegué a la punta de un cerro, donde un terco gavilán sobrevoló mi desnudez con una necedad preocupante. Acaso mis llagas, mis costras, el olor de mi carne sucia, el acre aroma urinario de mi piel cochambrosa, todo eso era un cuerpo frágil para el ave de rapiña que vigiló mi vida. Tirando piedras para el cielo, logré ahuyentar el siniestro pájaro que me invitaba a morir. Pedrada tras pedrada, con la ilusión de aventar en ello mis tentativas de salvación.

El ave se fue, pero con ella se fue también mi fuerza. Dormí trepado en la rama de un pino bajo el azote del viento helado. Un ventarrón inexplicable zarpó mi barca de olvido y me tumbó sobre el piso de la realidad. Desperté tiritando a más, con las manos tiesas, las piernas dormidas, mis mejillas congeladas. En medio de la oscuridad caminé para agarrar calor pero no vi bien la piedra que estaba suelta. Fue así como desmayé.

Un golpe en la cabeza me salvó de morir, porque el destino quiso que mi cuerpo cayera sumergido entre hojas secas de hierbas silvestres. Recuperé mi no-conciencia, pero estaba despierto, era ya de día, los primeros rayos del sol me llenaron los ojos de lágrimas, de una felicidad primitiva y ancestral. Sobre una superficie caliza de piedra antigua desparramé lo que aún quedaba de mi vida.

Al día siguiente arranqué una pequeña rama y con dificultad pude escribir dos palabras sobre la tierra: “Te amo”. De eso me acuerdo bien.

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