2. Descalzo y sin calzones

¿No era el mío un triunfo más del absurdo? Un puñetazo sutil de rama seca vertida en la tierra para escribir a nadie un Te amo, y nada más. Como quien grita en seco en medio de un pueblo fantasma sin que alguien le escuche. Tatué esas dos palabras sobre la epidermis del cosmos para enunciar en silencio una victoria más de mi fracaso. Resquebrajé el polvo cósmico que antes movió mis pies y lo convertí en ceniza ardiendo antes que fuego muerto. Así decidí seguir camino. La rama fue un báculo, un bastón de la palabra que me concedió sacar mis últimos suspiros.

Un cuerpo quieto sobre la piedra caliza del mundo, eso era la vida en las ciudades. El sapo de mi corazón lo sabía. Seguir saltando consistía en ganarse la posibilidad de habitar un charco, cual si fuese el universo entero. Cualquier pedazo de tierra era lo mismo, el chiste estaba en seguir vivo, lo de más era lo de menos.

“¿Alguien me escucha?” —grité, pero nadie respondió. La resonancia de mi voz se disolvió en un eco cerebral. Acaso los rumores propios, los susurros permanentes, el monólogo recurrente al que mi cabeza se había acostumbrado en mi andar por el monte, solo y perdido. Ecos y nada más, susurros de un grito distante que fue voz alguna vez, que fue vez alguna voz. Ruido de gargantas mudas que permanecieron bailando en la danza de silencio que fue la música autobiográfica de mi frecuencia en amplitud modulada.

El grito del monte más que una resonancia sin respuesta fue un estallido plural, que me devolvió la conciencia de pertenecer al mundo, al pedazo de tierra que me tocaba habitar. Mi charco era ese espacio disponible a mi cuerpo. El sapo necio que me anima, es decir mi corazón latiente, debía reconocer en la geografía específica el centro y los cursos posibles para orientarme.

Caminé entre yerbas con la ilusión de pisar tierra firme. Y el suelo se me presentó como algo digno de confiar. Sólo debía seguir. Omitir las dudas y los miedos que desde tiempo antes me habían detenido tanto. El camino era algo por hacer, y no vereda trazada por un mapa ya escrito. La búsqueda más que otra cosa fue la ruta de la luz. Caminar en dirección al sol como si llegar a él fuera posible. Un halo de esperanza podía ser un rayito simple rozando en mi piel. El brillo de una hoja, el destello de un grano de arena, la luminosidad de una nube, todas fueron pistas que me guiaron.

En la cavidad de una loma, me senté a reposar un rato. Por instantes fui un cavernícola al acecho. Vencido de cansancio y debilidad mastiqué las hojas verdes de un arbusto. Me puse a escupir saliva amarga. Tragué varios escupitajos para hidratar mi espíritu y seguí masticando hojas hasta saciarme. Mi sombra se alargó en la tierra, como una silueta elástica a punto de desvanecerse. Quise tirarme sin más y ceder al impulso de vivir, comer hormigas o lo que fuera, alimentarme de flores y beber el agua de las plantas.

Mi locura cedió paso a un entendimiento de lo humano como un juego que había que jugar hasta sus últimas consecuencias. Me vi desnudo, a pleno día, en el trazado infinito de un croquis sin punto de llegada. Yo era el punto rojo de ubicación, el centro desde donde todo se bifurcaba. Mas no había vueltas a la derecha ni a la izquierda que indicaran por dónde ir. Pinos, árboles mudos, pasto y resinas, fueron las avenidas de mi capital. Descalzo y sin calzones, sin agua ni alimentos, pude distinguir en la lejanía una mesa rústica donde estaba lo que todo el mundo entendía por vivir. Sólo tenía que salir del monte, reincorporarme a la carretera que me llevaría a la vida.

“Yo volveré a pisar las calles nuevamente”, fue mi primera resolución, lo que me sacó de mi letargo cavernario y me incitó a seguir. El resto de la historia, lo que me trajo hasta aquí, vino después.

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