3. Un animal más

Nunca supe si fue cierta la vorágine de hélices, esa mariposa de metal ruidosa que iluminó el cielo por unos segundos. ¿Hasta qué punto mis ruidos internos se confundían con el exterior que se manifestaba, acaso para salvarme?

La nave pasó, y no fui capaz ni de levantar un brazo, de emitir algún silbido, de mover algunas ramas para que se dieran cuenta de mi presencia. Fue curioso escuchar entre el estruendo de fierros el cántico infantil de un niño asombrado. “Yo fui aquel”, —pensé en silencio una vez que el ruido se desvaneció.

Frente a mí quedaba la distancia, que separaba el monte de la vida. Quise creer que el helicóptero volvería a pasar, pero eso no sucedió. ¿Estaba alucinando? Dos piedras, una en cada mano, fueron la herramienta que me dio la clave. Al ritmo de un corazón pausado, las hice sonar chocando una contra otra, en una melodía de ternura que me tranquilizó. Ligeras rebabas de polvo tiznaron mis manos y entonces me creí artesano, escultor del silencio que yo por obra de magia convertía en música. Las piedras fueron el cantar de dos manos absortas en el gozo de vivir como primate.

La sinfonía del ramaje, oleaje turbo del viento in crescendo, compás de un ritmo acorde a la armonía plural de un verso sin palabras. Yo fui el ritmo, que vertió en el metrónomo de un corazón, el deseo de seguir caminando. El mineral rocoso de acústica vital, me llevó a mover los pasos a contratiempo. Fui más a prisa de lo que pude. Avancé cuanto di de mí para llegar antes. Quieto sólo a ratos, con la consigna de encontrar el rumbo, sólo quieto para mirar algo bello, algo no visto por nadie más. Luego el andar, de nuevo el andar terco y necio por seguir. Un tubérculo similar a un camote común y corriente me dio el azúcar necesario, la proteína vegetal que mi bestia supo asimilar.

El ritmo fue el motivo que mi cabeza decidió obedecer. No yo, mi cabeza. La melodía ancestral que desde siempre me había acompañado sin yo reconocerla. El viento, flauta de los dioses, penetró por mi nariz como un respiro de colores. Todo pensamiento fue superfluo, inútil, sólo bastaba dejarse llevar por el tic tac de piedras despolvando poco a poco en el pliego de mi piel agrietada por el sol.

En la punta de un pino, un pájaro se puso a cantar de una forma tan colorida, que mis ojos vieron flores donde sólo tierra había. Aquel canto asimétrico y arrogante, fue el mariachi de muertos que rondaba el monte. No era un canto triste ni melancólico. Más bien, dicho cantar parecía venir de las partituras secretas que escondían lo que yo tenía que escuchar. “Dímelo, dímelo por favor” —le dije al pájaro en mis pensamientos y él siguió cantando sin que yo lograra comprender ningún misterio.

“No te vayas” —le dije, pero no hizo caso, y se fue.

Subí por una loma que me permitió ver más lejos, pero también me restó el aire y el entusiasmo. Más allá sólo había vida vegetal, pinos y cedros mezclados con arbustos y matorrales. Bajo mis pies, un puñado de hormigas treparon por mis dedos. Me recosté en la tierra y las dejé subir una a una esperando que comenzaran a tragarme.

La sensación de sus patitas diminutas me produjo escalofríos y se me erizó la piel. Yo quería que me picaran. Primero fueron tres, luego siete, de pronto ya eran trece, y así en muy pocos minutos las hormigas me tapizaron el cuerpo. Llegué a contar cuarenta y dos, y en esas me quedé cuando opté por cerrar los ojos.

Estuve tendido sin moverme para hacerles fácil la tarea. En mi piel ajada cada vez se multiplicaron más los pequeños cosquilleos. El piquete inicial no llegaba, la hormiga malvibrosa no aparecía. Sólo faltaba que una empezara la agresión para que el resto siguiera la acción.

Lo más incómodo fue cuando se me introdujo una hormiga de patas largas en el ano. Temí que las demás quisieran hacer lo mismo. Acaso entrarían por mis orejas, por la nariz, por mi boca. La hormiga entrometida que ingresó sin previo aviso por mi ano, murió de un apretón de nalgas que nadie percibió. Fue como una contorsión del recto que me permitió estrangular a la pobre hormiga. Sólo sentí su esqueleto tronar dentro de mi cavidad anal, y me quedé tranquilo.

Jamás di el manotazo, el movimiento brusco, precipitado, las hormigas me acariciaron más que hacerme daño. No me picó ni una. Acaso los hedores de mi cuerpo las ahuyentaron. Sólo una murió y fue por temor a que llegara hasta alguno de mis órganos. De forma ordenada y respetuosa, al paso de un tiempo prolongado en el que no hice más sentir sus cosquillas, el ejército de amables hormigas comenzó a descender de mi cuerpo y siguió su marcha por una traza lineal que se adentraba en la maleza.

¿No era yo un animal más en este monte desierto? Allá muy lejos pude ver un manchón indeciso, acaso la cabecera de algún poblado, de alguna ranchería. “Mañana mismo estaré ahí”. —Eso pensé en ese momento. Pero entonces yo no sabía lo que estaba a punto de ocurrirme.

***

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