5. Amaré a Amalia

He escrito todo esto como testimonio fragmentario. Como voz tartamuda que sale para nombrar algo que es imposible narrar sin equívocos.

El cúmulo de ecos y reflejos no era más que una constancia de la permanencia, de eso que aún quedaba en mí como persona. La tentativa de seguir adelante tenía que considerar otras motivaciones, más allá de las ilusiones perdidas vistas desde el montículo de mi memoria.

El rancho fantasma al que llegué, me mostró una mesa muy distinta a la que yo buscaba como sinónimo de un hogar. Una mesa carcomida por el tiempo, con un pequeño pedazo de papel encima en el que pude leer: La vida real es una broma. Yo que no creía en ningún dios, sólo en el amor, sentí de pronto el vértigo de habitar en el vacío. De ser la nada misma reencarnada en un cuerpo desnudo sin orientación.

Tenía que salir, y para ello me dejé llevar por la intuición más ancestral. Seguí el curso de la luna noche a noche, bajo la luz tenue y clara de las madrugadas. La luna llena me concedió el fresco de cruzar a pie varios cerros sin que el sol llagara más mi piel. Tres noches merodee como venado nocturno del modo más silencioso. Un arbusto de moras en el camino fue la comilona que no tenía desde hace días. Debí comer más de cien, una tras otra, en el hartazgo de sentirme vivo a fuerza de necedad.

La tartaleta de la realidad fue eso, puñados de moras que me saciaron. La mermelada, agria y dulce, se hizo en mi boca a base de masticar como animal hambriento los frutos. Me llené los labios y los cachetes del jugo azul que estalló en mi hocico. Me salpiqué las manos del néctar antioxidante. Me relamí los dedos por el gusto de derramar mi lengua en el sabor chorreado. Escurridizas gotas que me hicieron sentir un éxtasis en todo el cuerpo.

La luna fue tal vez lo que me excitó. Un cosquilleo interno, como si hormigas anduvieran en mi pecho, se apoderó de mí en un plano de hojas secas. Bajo un árbol me protegí del sereno. Mi cuerpo estaba caliente de tanto caminar, de andar por caminos de subida y diagonal sin mapa de por medio. Un andar orientado por la luna y nada más. Como un lobo aullando, desee fundirme con el universo en un placer egoísta y unipersonal. Me tendí sobre las hojas secas y me quedé mirando al cielo.

Cientos de estrellas como pequeñas luciérnagas irradiaban allá arriba junto a la luna. Un grillo comenzó a cantar y su canto me llegó al fondo de mi ser como una caricia venida del cosmos. Era un cri cri muy suave, casi imperceptible, que entró a mis oídos como gemido orgásmico. Eyaculé chorros espesos de una nata color perla. Creyendo recibir en esa sustancia algún tipo de medicina, me tragué los bocados de gelatina acuosa como si fueran los últimos mendrugos de un flan. El grillo fue el placer de sentir algo profundo chispeando en mi ser, me produjo una excitación intensa no experimentada así nunca antes.

El placer debía ser sinónimo de estar vivo, de sentir la vida, de identificarse como organismo viviente. Por más espejismos que rondaran mi mente, la sensación había sido algo real, que me arrojó la certeza de estar existiendo. Sentí, y esa fue la comprobación de mi vivir. La mente era un engaño. Las aspiraciones, los planes, los proyectos, todo eso con lo que me entretuve tanto tiempo, de pronto se vio tumbado por una evidencia hasta cierto punto animal. “Soy un animal” ―pensé―. Seguí la ruta de la luna, con la intención de amanecer en alguna ranchería. Un nuevo enfoque movía mis pasos. No era más una persona, sino un animal con el deseo de existir.

Antes del amanecer escuché un gallo cantar de lejos. La nubes color toronja parecían algodones de fuego. Mi corazón se aceleró cuando escuché más de cerca a otros gallos. Los primeros rayos del sol aún dejaban ver la luna allá arriba, como congelada en la eternidad. Un cercado de tablas me salió al paso. “Buenos días” ―grité―. Tres gallinas, dos guajolotes, un gato, un burro atado a un árbol, todo eso era la vida. Salió un hombre con un machete y un sombrero maltratado.

—¿A quién busca? ¿Qué hace usted desnudo aquí? —Me preguntó muy tranquilo.

—Busco… Busco a quien sea… alguien que pueda decirme dónde estoy… que me diga qué día es hoy. Por amor tío… —Le dije tío porque así se estilaba en el pueblo al hablar con personas mayores.

—Pase, póngase esto mientras —me entregó su abrigo de lana y me dio una palmada en el hombro—. ¡Amalia! —gritó de pronto—, tenemos visita.

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