6. Que el diablo me perdone

Amalia fue la vertiente de un río sin agua; un oasis imaginario en mi vida desierta.

Yo que recorrí sediento largos senderos en búsqueda de algo más, me topé de pronto con mi propia ilusión; descubrí de repente la sensación de perseguir una mariposa sin poder alcanzarla. Amalia estaba ahí con toda su sonrisa encima del cuerpo, como evidencia particular de una felicidad posible. El brillo de sus ojos, anegó los míos en el tapiz cristalino de las lágrimas que se me quedaron atrapadas en los párpados.

Me aguanté las ganas de abrazarla. Me contuve de besarle la mejía. Es decir, me acomodé a las formas establecidas de convivencia. Sólo por moderación. Sólo para mantener el flujo estable de las vidas cotidianas y comunes. La vi lleno de amor, y esa fue mi manera de decirle te amo sin decirle nada. “Entre, no se quede ahí nadamás mirando” —me dijo Amalia con voz suave—. “Lo siento… —respondí— no quería molestar a nadie… Oí a los perros ladrando y vi el humo de una fogata…”

Me invitaron a tomar una infusión de hierbas y me ofrecieron un plato de frijoles. Dormí por la tarde en un cuartucho que me asignaron, con un pantalón y el abrigo del hombre. Todo parecía tranquilo.

Esa noche fue el escenario de jadeos y sudores erógenos que inundaron mi alma de un éxtasis desgarrador. Cuatro paredes de barro fueron el recoveco de mi intimidad animal. Un amasijo de colchas, un desórden amueblado, una taza en el piso, todo aquello como detalles de un cuadro cuya composición resaltaba dos cuerpos entrelazados. Amalia dilató las pupilas del puro gozo, se estremeció entre empellones salvajes que le sacaron gritos escandalosos.

Todo ocurrió en la oscuridad, mientras el hombre que me había recibido dormía en otro cuarto sobre un petate de paja, vencido del cansancio, con el sombrero en los ojos. Yo sabía que él cargaba machete, pero la noche me hizo olvidarme de toda preocupación. Acaso el destilado de agave que me dieron, acaso la sensación de sentirme seguro, el abrigo que amablemente me concedió aquella pareja. Él dormía, mientras Amalia y yo redescubríamos la vida entre suspiros y gemidos.

La madrugada entera fueron horas embarradizas, que disiparon toda preocupación terrena sobre mi porvenir. Estaba el presente y nada más, como posibilidad verdadera para existir. Yo, venido de mi condición ajada por el monte, no sentía en mí la capacidad humana para comportarme conforme a las normas. Me dejé llevar por el arrebato, por la euforia que me produjo la vida en esos momentos. El instante fue una aventura autoconclusiva. No dependía un fin más allá del instante mismo. El fin era el medio, que nos revolcaba como dos fieras tragándose el corazón.

El golpeteo de una puerta sonó tras la pared, y tuve miedo de ser sorprendido por el hombre. Mi seguir estaba en juego. O me la jugaba o cedía mis pasiones más bajas en aras de un futuro. Opté por jugármela. Y seguí el vaivén del placer ciego. Líquidos amargos, sales de la piel, babas desenvueltas en el deseo. Sólo era el presente tierno y sucio, animal y bestia, sin luces ni argumentos, en toda su plenitud.

Un perro comenzó a aullar afuera. No eran ladridos sino una especie de canto triste. Los aullidos fueron una voz del viento. Tomé a Amalia de los hombros y le pedí que regresara a su habitación. Ella clavó sus ojos en los míos de una forma tan tierna. “Llévame contigo ―me dijo―, vámonos ahora mismo, yo te sigo a donde quieras ir”.

“Que el diablo me perdone” ―pensé,

Esa madrugada escapé con Amalia por la vereda de un cerro. Nos amaneció en las orillas de un camino de tierra donde la besé cargado de una felicidad inexplicable. “¿Y ahora ―me preguntó― a dónde vamos a ir?” Yo llevaba puesto el abrigo del hombre y un pantalón viejo de poliéster que me quedaba grande; los huaraches los tomé antes de fugarnos.

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