7. Tras el arrojo nocturno

El arrojo nocturno que nos envolvió, como dos animales, no podía ser el argumento definitivo para mi seguir. Sin embargo cedí, a la tentación de su compañía y acepté la invitación de escapar junto a ella.

Yo la salvaba de un estado de encerramiento, de la custodia permanente de un viejo armado con machete; la salvaba de su verdugo, de aquel tipo que la atrapó entre matorrales de extensa soledad. ¿Pero a cambio de qué? ¿Qué ganaba yo con llevarla si yo mismo no iba a ninguna parte?

¿Hasta qué punto, mi arrebato de excitación me pasaba la factura, en la encrucijada de seguir con ella o abandonarla a su suerte? La cálida redondez de sus senos, la curva entrelínea que los definía, la canela tonalidad de su piel, todo eso de alguna manera me hechizaba. “¿A dónde vamos a ir?” —me había preguntado Amalia, y yo tan sólo me desvanecí en la tierra vencido de tanto caminar.

Desperté mirando el polvo que demarcaba nuestros cuerpos, la tierra embarrada en su piel. “Mi cabeza es un revoltijo”, pensé, pero esa misma idea se disolvió en la sombra de una nube pasajera. Tenía que contarle algo, antes de seguir.

Sin hilo aparente, comencé hablar lo que podían parecer disparates. Pero eso fue lo que me salió en ese momento. Aún lo recuerdo: “La vida me metió en asuntos que no supe cómo afrontar. Lo que ves aquí son las consecuencias. Esto que soy es algo a medias, impedido de ser verdaderamente feliz”. —Eso le dije a Amalia. Y seguí hablando como si hablara solo.

“Una flama a medio gas. El reducto de alguien que intentó, sólo intentó, cruzar las barreras de cierta normalidad pautada. Los mendrugos, es decir las migajas de aspiraciones más grandes: eso soy. —Mi voz salía sola, como movida por una necesidad de despreciable desahogo, ella sólo escuchaba, con la mirada quieta—. El fracaso viviente y sincero que no fue capaz de dar el salto verdadero. Veme todo flaco, ve mis ojeras, ve el temblor de mis manos, ve el brillo seco que se va acumulando bajo mis párpados. Veme, obsérvame. Te juro que hice lo que estuvo en mis manos para librarla. —La claridad del día contrastaba con mi monólogo sombrío—. Después de todo, he corrido con suerte. Pude mantenerme en pie, a pesar de las humillaciones, a pesar de toda la indiferencia. Fui, de veras que lo fui, un estorbo en el funcionamiento de la vida tal como se esperaba que ocurriera. Fui como un fierro torcido, adentro de una maquina que todo el mundo ve como perfecta; un engranaje que no quiso dar vueltas siempre de la misma manera. —Tuve recuerdos de vivencias anteriores que revolotearon por mi mente como pajarracos burlones de mi situación actual—. La felicidad compartida me fue rechazada, y encontré en ello el placer de sentirme libre. Pero todo lo malentendí. Ahora soy esto Amalia, como te digo, este rastrojo de persona que ves a un lado del camino. Pero no me voy a dar por vencido…”

—Atrás del cerro está el mar —Amalia me interrumpió y señaló con su dedo la montaña; sus ojos de piedra se clavaron en la tierra—. La tomé de las manos. Ni siquiera me miró. Atrapada en el hechizo de la arcilla, estatua de carne, se detuvo en el instante de silencio para nombrar al incierto futuro que teníamos de frente. Amalia, mujer de rancho, sabía que allá estaba el charco enorme de agua expandida que la gente llamaba “mar”. Primero había que llegar a la costa, es decir al costado del océano. Luego nos hundiríamos en el agua como dos peces de monte. “Mar”, tres letras suficientes para anunciar una ruta, un recomienzo, el renacer de un nuevo destino. Una letra me distanciaba del secreto de la existencia. Yo hubiera querido que Amalia me dijera: “Atrás del cerro está el amar”.

El mundo entero me parecía un foco infeccioso, en el que la alarma de ser contagiado se apoderó de las conciencias. Fugarme con Amalia fue un acto de necesaria complicidad, creerme que no estaba solo. Ahí estábamos en el cruce de un camino de tierra, que de seguirlo en bajada nos llevaría a la costa. Cuesta arriba, el camino llevaba a la montaña. La maleza y los pinos estaban ahí, en el mudo silencio de sus presencias a media mañana.

—Es canícula Amalia, y tú lo sabes, nos vamos a morir de calor antes de llegar y mojarnos en el océano. Quiero agua de beber antes que agua de mar. Tú debes saber dónde hay un pozo, un yacimiento, por favor Amalia…

—No seas cobarde —pronunció en voz baja—. Amalia me entregó la rama de un arbusto y me mostró cómo masticarla. Debí comer sólo las partes más delgadas pero me atraganté con un buen pedazo. El jugo agrio de una rama, las hojas amargas, la abundante saliva que me brotó… eso y el rostro luminoso de Amalia me hicieron creer que todo iba bien.

Vivir como primate en las cavidades del monte no podía ser la mejor elección, yo lo sabía. Pero acaso el mar, con su exasperante calor costeño sólo me traería mayor desesperación. Que dios me perdone por decir esto. El ambiente del mar sólo me parecía atractivo en soledad. Acompañado de alguien no dudaba en que tarde o temprano llegaría a un estado de irritación y fastidio. No se puede estar frente al mar todo el día, a no ser que yo fuera pescador. Y Amalia, por lo demás, sólo conocía del mar la palabra, no sus calores ni sus terribles mediodías.

Sus ojos llenos de brillo se inundaron de lágrimas cuando nos besamos antes retomar la marcha. No supe qué decirle y me quedé en silencio. El canto de unos pajarillos a lo lejos fue la rústica canción que nos consagró como dos andantes cómplices. “No preguntes a dónde vamos” —le dije y aventé una piedra para el cielo. “Conmigo vas a conocer la vida, Amalia”.

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