8. Mi último desatino

Mientras no estuve en casa, mis hijos crecieron; rieron a carcajadas junto a su madre de pura felicidad. Así fue por largos meses en que no supieron nada de mí.

Irme resultó una liberación en las tensiones familiares. Todo fluyó más ameno tras mi fuga. Mientras ellos reían en su cuarto, yo lloraba en la soledad de un rancho en medio del monte. Mi llanto fue un cúmulo de reclamos contra el orden del cosmos que me abandonaba a mi suerte. Supe sobrevivir entre amasijos de hierba, que acrecentaron en mí las esperanzas de un mejor futuro. Así desplegué un anhelo, que más tenía que ver con una realidad alterna que con mi propia existencia. Mis ilusiones fueron eso: el arranque imaginario que me permitió seguir.

El tiempo me pasó muy rápido. Lo vivido antes me pareció ridículo una mañana tranquila. Como si el pasado fuera una estampa fijada en mi memoria, lo retuve con entereza, sin dejarme caer. La sustancia de los días fue la droga que me inyectó adrenalina. En cantos de pájaros oí canciones; en el eco lejano de un ladrar de perros a media noche se me figuró presenciar un ritmo con armonía propia; en el trazado de las estrellas creí encontrar el boceto de un dibujo que me gustaba; en las formas de una raíz podrida por la humedad vi la escultura preciosa de un hada; en sí, que todo de alguna manera terminaba por justificar eso que aún podía seguir llamándose la vida.

Lloré, y llorar fue un orgasmo: el llanto de esperma de lágrimas que me liberó la ansiedad acumulada.

La risa de mis hijos no provenía de una celebración por mi partida, sino del gozo diario de vivir a toda costa los instantes como si fueran lo único real. Para ellos bastaba una pelota, o dos piedras curiosas, para afrontar los ratos de una manera digna. Mientras yo buscaba yerbas comestibles para calmar el hambre entre la maleza de una loma, ellos jugaban a perseguir un león con la imaginación.

Acaso cuando todo estaba en calma en casa, en silencio, sin el desorden típico que yo le daba, es cuando mi fantasma aparecía. Faltaba la taza de café dejada donde sea; faltaba mi sombrero polvoriento tirado en cualquier parte; faltaba yo, esa parte mía en el hábitat doméstico y familiar. Eso y tantas cosas más faltaban, pero nada de eso era imprescindible en el sabio orden cósmico que me arrojaba a otras aventuras.

En los recovecos de mi fuga, la aparición de Amalia, esa mujer de mirada luminosa, me devolvió el arrebato, el impulso y la determinación de ir más lejos.

Estuvimos felices en un pueblo cafetalero, pero mis recurrentes enredos mentales terminaron por fastidiarla. Ella estaba hecha para la acción, mientras yo desplegaba el tiempo imaginando cosas que nunca lograba concretar. “Tus ideas son buenas, sólo tienes que hacerlas” —me dijo una mañana mientras molía café con una piedra del río. Desde que Amalia decidió dejarme, fui un perro en busca de vivir mis ideales con toda integridad. “No me dejaré caer” —pensé—. En ese entonces no sabía lo que estaba por ocurrir.

De alguna manera yo era un prófugo de la justicia, un esquivo de la normalidad pautada, un fugitivo de la obediencia civil; con los dedos apretados y un puñado de saliva atorado en la garganta. Pero también era un sobreviviente, un afortunado por el hecho de estar vivo, y eso me provocaba sentimientos de gratitud. Yo, que quise amar a plenitud, terminé cuesta abajo regresando a ninguna parte, en busca de mi participación directa en el universo.

En el pueblo cafetalero, desde el arrullo del viento que olía a mar, una sospecha me craquelaba por dentro. Como un taladro con una broca minuciosa y simple, pequeña y contumaz, la sospecha me perforaba el pensamiento. Semanas de divagar al aire, de reposar como un perro bajo la sombra de un platanal. Se fue Amalia, se fue la madre de mis hijos, se fueron ellos, se fue Iliana mi amiga, se fueron todos, allá a un pueblo ubicado arriba de la montaña. Yo, la masa de voluntad que era mi cuerpo, me armaba de valor para volver con más arrojo. No eran ellxs los que se fueron, fui yo, al que llevaron secuestrado allá muy lejos en caminos perdidos de la sierra y pude escapar. De pronto me vi de nuevo, en el terreno de la acción.

Desde la orilla del camino, esa noche coloqué el tronco de un árbol caído sobre la ruta costa-sierra. Esperé un buen rato, hasta que pasó una camioneta vieja. Tuvo que frenar y detenerse por completo. La puerta del conductor se abrió. Una silueta oscura descendió. Vi cómo un tipo con sombrero se desplazaba con lentitud, inseguro, incapaz de tomar una decisión en el acto. Mi miedo era que anduviera armado, que debajo de la camisa tuviera una pistola. Caminé sin que mis pasos hicieran el menor ruido. En el bolso del pantalón llevaba cuatro piedras que usaría en caso de ser necesario.

Por momentos pensé atacarlo a pedradas desde la distancia, pero eso le daba la posibilidad de subir corriendo y arrancar de reversa. Hacía falta la certeza de una buena pedrada, el tino preciso para dar justo al cráneo con la suficiente potencia. Quizá sintió mi presencia, porque de repente volteó hacia mí y preguntó con voz temblorosa: “¿Quién eres?” Como fue una pregunta que me agarró por sorpresa, sólo le respondí: “Eso no importa”. El tipo corrió para entrar a la camioneta. Le aventé una piedra con todas mis fuerzas. Le di en el pecho. Le aventé otra en el cuello.

“¿Qué quieres?…. Dime… ¿Qué quieres?” —gritaba con una voz que me resonó como el eco mismo de la muerte. Era el viejo de sombrero y machete que vivía con Amalia—. Debía matarlo o huir por el monte, pero me quedé quieto. Del puro sobresalto que me causó toparme con él se me paralizaron las piernas. Sentí cómo sólo me temblaban. Un sapo saltando a tope, rebotando en mi pecho con violenta palpitación: eso fue mi corazón, un sapo a riesgo de reventar y salirse de sí mismo.

La puerta del copiloto se abrió y entonces bajó Amalia toda despeinada, con la cara desencajada, mascando el palito de una planta, con los labios embarrados de ternura y compasión. “Dile que yo no fui” —pronuncié en voz baja, como si aún fuéramos cómplices—. “Te andábamos buscando”, respondió Amalia con la voz llena de amargura. “¿Qué?” —grité—. “¿Para qué me andan buscando?”. —Sólo miré a Amalia a los ojos, temblorinos de ternura.

El viejo se levantó las mangas de la camisa, se acercó más resuelto y me escupió un espeso gargajo en la cara. No me atreví a estrellarle una piedra en la cabeza, ni siquiera hice nada en respuesta. “Para matarte” —pronunció con lentitud mortal—. “Te andamos buscando para matarte”.

Los vericuetos de una vida entera parecían concluir de manera absurda. Y todo a causa de Amalia. El origen más puntual de mi tragedia fue la excitación, el crimen de haber cedido a la tentación, no de sus pechos sino de su pecho, es decir, de su corazón. El resto de los acontecimientos fue la vida misma. Quise suplicarle comprensión al viejo, pedirle el entendimiento más humano y universal, rogarle por mi vida. Pero toda palabra estaba de más. Sólo tenía en mis manos la posibilidad de salvarme siendo un animal. El animal que soñé ser en libertad, se vio tentado a perpetrar una vez más el lado salvaje de la vida.

Mi destino inmediato estaba por resolverse. Dos piedras llevaba en el bolso del pantalón; dos ilusiones por cumplir: la primera salir vivo, la segunda volver al pueblo de mis amores. “No me dejaré matar así tan fácil” —pensé —. A partir de ese pensamiento, me dejé llevar por el sabio orden del cosmos. Acaso mi instinto más bestial me llevaría a la locura. Acaso la humildad más tierna me pondría de rodillas a implorar perdón. Mi suerte estaba en medio de la noche, atorada en el camino por un tronco seco y por la presencia de dos personas dispuestas a sacarme del juego de vivir. La luna tatuada en el cielo negro, como una mirada siempre de mis desatinos, sería testigo de lo que estaba por ocurrir.

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