9. Vivo y libre me conoció, vivo y libre seguiré hasta las últimas consecuencias.

Que el viejo quisiera asesinarme podía entenderlo. Pero ¿por qué Amalia? Si fue ella quien me pidió: “Llévame contigo, sácame de aquí, quiero vivir algo diferente”. En ese entonces ni ella ni yo sabíamos cuáles iban a ser las repercusiones de nuestro arrebato.

“El viejo la tiene amenazada” —pensé—. Fue un ideal lo que la hizo seguirme, no yo quien la obligó. ¿Por qué actuaba en mi contra? Me matarían frente a sus ojos. Y todo del puro coraje que provocó una traición a la fidelidad.

Amalia me conoció libre mientras anduve perdido sin más en el laberinto de un monte inmenso. Yo buscaba cariño, sentirme ser humano en el mejor sentido de la palabra. ¿Por qué reaparecía así? Si se supone que yo le iba a mostrar la vida, lo que significaba verdaderamente vivir.

Todo lo que imaginé antes, de pronto se vio truncado por la realidad palpable. El resultado de mis pasos no podía ser semejante infortunio. Al menos yo, haría lo posible porque no fuera así. “Lo último que se pierde es la esperanza” —recordé en silencio, con los puños apretados y sin moverme—. Mi cuerpo ahí, innegable, estático, irremediable, en la encrucijada incierta de salir vivo o colgar el pellejo en el intento.

Amalia me amó y yo a ella. Imaginamos vivir juntos un mundo nuevo acorde a nuestras necesidades afectivas más elementales; planeamos erradicar el aburrimiento; cada acción fue una variante de la alegría; y tantas cosas más compartimos. Eso era el vivir, una forma de la plenitud y de la dicha por estar vivos, cada instante. Vivir junto a ella quiso decir siempre sentir los días con gratitud, abrazarlos con amor en pequeños gestos cotidianos, lo mismo que las noches, que se tornaban siempre más profundas.

Junto a Amalia las horas fueron cometas, que pasaron por el cielo de nuestra felicidad alcanzada en un abrazo lleno de chispas agitando el corazón. La amé y quise congelar el placer en cada suspiro. Los días me pasaron igual a un río, que va fluyendo con armonía; así con ella, estar era sinónimo de un orden natural que avanzaba con sabia destreza. Después de todo, eso no podía ser la felicidad que le prometí.

Confundí la palabra mar con amar, y en esa dirección fuimos, creyendo llegar a alguna parte. El pueblo cafetalero nos arropó entre platanales, enredaderas de maracuyá y árboles de guanábana. Bebimos infusiones de gengibre con cúrcuma y de cacao con cardamomo, pero nada de eso nos bastó.

Siempre tuvimos el deseo de intensidad, por lo que no vimos en los días tranquilos la belleza de una nube. Entregamos al cien el alma mientras fuimos amantes, una vez que nos saciamos, descubrimos el equivoco del verbo amar y los días fueron de un temperamento más moderado. Existir de esa manera más en calma, nos hizo sentir los días a medio gas, como si a la vida le faltara algo; ese algo más que da la pasión, el deseo, y la vibración de dos cuerpos que se atraen a fuerza de una misma soledad compartida.

No supimos apreciar la normalidad, esa que se nos impuso como norma al paso de los días. Quizá por eso, Amalia encontró en la palabra amor unas cuantas dudas. Salió de la prisión doméstica en la que la mantenía el viejo, y encontró aventuras con el cavernícola que yo era. Sin embargo, dejó de creer en el amor de pareja, como si esa cosa fuera un engaño, un artilugio moral para controlar las pequeñas libertades posibles. Si Amalia malentendió mi amor, esa no era mi culpa. Si se acobardó a mitad del viaje no era por mí. Al final de cuentas, yo qué, sólo andaba buscando salir adelante, a como diera lugar.

Amalia abandonó el pueblo cafetalero que nos abrigó y ni siquiera me dijo a dónde se iba. Fui río que fluyó en sus dulces aguas. Pero también fui piedra atorada en la orilla de un camino oscuro. ¿Seguir con vida o morir con dignidad? De eso se trataba. Una pedrada en la cabeza era suficiente para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Eso lo sabía. ¿Entonces qué esperaba? Cuando el viejo me escupió la cara lo hubiera sorprendido, el resto sería sencillo.

“Vivo y libre me conoció Amalia, vivo y libre seguiré hasta las últimas consecuencias”.

La miré a los ojos una vez más y vi un retazo de mi existencia. Por mi cabeza pasaron las noches que desparramamos juntos como gatos insomnes gustosos de habitar la madrugada. Tal vez esa sería mi última mirada. Ella se puso de lado, tímida de verme así, indefenso, pálido, tartamudo. No fue capaz de mirarme, quizá para no evocar aquellos ratos compartidos como dos animales en luna llena; aquella humedad perpetua que eyaculó noche tras noche las sensaciones mas inocentes; aquellos espasmos y orgasmos que nos ocasionó el hecho mismo de vivir. Verme sería traer todo eso a la pupila, meterme en ella por la pura compasión.

“No me maten” —pensé para mis adentros, como si un pensamiento pudiera salvarme de la desgracia de estar frente al viejo—. “Si al menos pudiera tomar la camioneta y escapar a donde los caminos se bifurcan en el kilómetro treinta y tres; si pudiera cruzar el arco de ladrillos, ese arco milenario que separa el pueblo del resto del mundo; si pudiera poder, simplemente lo haría”.

¿Qué más me quedaba? El atrevimiento, sólo el atrevimiento. Hasta dónde sería capaz de llegar no lo sabía. ¿Qué grado podía alcanzar mi impulso de libertad bestial?

“Amigo, yo no hice nada malo” —le dije al viejo—. Un silencio aborrecible se detuvo en medio de la noche, el suspenso propio de algo que estaba por ocurrir. Sin mediar palabra, con la mano curtida y esos dedos de leñador me azotó un cachetada. El rebote de mi piel en las grietas de sus cayos fue un golpe en seco que hizo eco en el cielo.

“¡Ya valió verga!”—pronuncié entre labios.

Amalia quieta, muda, no dejaba de temblar. “Que el diablo me perdone” —alcancé a susurrar—. Sentí la sangre de mis venas como una culebra de adrenalina que me pedía acción. El sapo de mi corazón, las arañas de mis confusiones, el caracol anidado de mi pasado, las ratas de la furia… todo me indicaba que no debía ceder.

Perdí la razón en nombre de una locura más grande. Y no me arrepiento de nada.

Las lágrimas del viejo suplicando mi compasión no podían quedarse embarradas en la piel de un desenlace tranquilo. Amalía pedía a gritos “¡Déjalo ya! ¡Déjalo! ¡Lo vas a asfixiar… Suéltalo!” En ese momento no escuché nada, sólo me dejé llevar por el impulso. “¿Qué haces? ¡Loco! ¡Estás loco!”

—Amalia se recargó en la puerta del copiloto con las manos en la cabeza— “Por favor no” —masculló de una manera como si le hubieran roto la garganta—. “¡No! ¡No lo hagas por favor!”

Yo lo tenía del cuello, sujetado como si de ello colgara mi vida. Sabía que si lo soltaba no me iba a perdonar. Amalia poseída por los gritos de espanto, contemplaba la escena sin atreverse a defenderlo. Yo, que me creí vencido por las circunstancias, fui de pronto el superhéroe infrahumano que desató la furia en el intento de librar mi propia vida. El viejo entumecido por la falta de respiración, sacudía los brazos sin lógica ni secuencia comprensible, sólo manoteaba, nadando en el aire oscuro de la estrangulación. No lo solté. No lo quise soltar. Dejé mis manos en su cuello hundidas a más no poder. Me asusté un poco al ver cómo se le saltaban los ojos. Sentí que el viejo dejó de oponer resistencia y su cuerpo se desvaneció. Quedó tendido inconsciente, a unos pasos de la camioneta, con el reflejo de las luces frontales en el costado del rostro.

—¡Amalia! — grité al ver que el viejo no respiraba— Dale respiración de boca a boca. No lo dejes morir. Anda, hazlo ya.

—¿Respiración de boca a boca? Nunca he hecho eso. No sé cómo se hace.

— Sopla en su boca, sólo sopla. Dale un beso lleno de aire. —Amalia me miró con los ojos de lágrimas y se acercó a la zona del percance.

— No puedo. No puedo hacerlo.

— Amalia, si no lo haces se va a morir. De ti depende.

— No puedo. Me da cosa. Ya está muerto —Me dijo con la voz entrecortada.

— Es un buen tipo —grité desesperado— me ayudó en su momento, me dio comida y alojamiento. No puedo verlo morir así.

Amalia se puso de rodillas, inclinó su espalda y colocó sus labios en la boca del viejo. Comenzó a soplar y yo le grité: “Más fuerte, sopla más fuerte”. Sopló varias veces hasta que el viejo empezó a patalear y dar señales de revivir. Vi cuando el viejo abrió los ojos y eso de alguna manera me puso contento.

Recobré el sentido de mis acciones, volví a tener conciencia de lo que ocurría. Vi Amalia postrada en su pecho. El viejo había estado dos minutos muerto y resucitó gracias a la respiración de boca a boca. Ahora yo tenía que huir. Moví el tronco que estaba en medio del camino haciéndolo rodar hasta la orilla. Me subí a la camioneta. La puerta del copiloto aún seguía abierta. Las llaves puestas, el motor encendido. Todo estaba ahí para mi escape.

Amalia y el viejo se quedaron ahí. Entregados al júbilo de estar vivos, después de todo, nadie había muerto. Sólo nuestro amor, el mío y el de Amalia, que nunca nos volveríamos a ver, jamás. “Hasta siempre Amalia”, dije en mis pensamientos cuando ya arrancaba con rumbo al pueblo de mis amores.

***