Día 1. De las memorias del perro (1/6)

1

Mírame a los ojos y verás que no soy un perro. Si aún ladro con estridencia, no es mi boca la que te nombra sino tu ausencia. Los dientes que ves en mí son la quijada de un mamífero habitual. Acostumbrado a los hallazgos donde sólo silencio había, te busco en los resquicios que emanan el agua podrida que sació mi sed. No sé si me explico. Con la lengua recorrí las variaciones de una arquitectura cuadrada que sacudió la orientación de mi cuerpo. Yo estaba ahí repleto de porquerías en la cabeza. Un bloque de ladrillos fue el espejo del mundo, el rincón infame que perforó la libertad a fuerza de encierro. Tú estabas quieta, en la luminosa claridad de una mañana. Entre tanto, yo, el perro que creías, se fue huyendo por la orilla del camino. La verde vereda de hierba, como los ayeres, se quedó atrás. A partir de entonces balbucee a tientas, buscando el hueso de alma que me faltaba. Cerré los ojos para no verte. Cerré los puños. Se me cerró la garganta. El vaso de agua de la realidad se quebró en mil pedacitos de cristal en los que se reflejó mi rostro. Hasta entonces comprendí: “Sí. Soy un perro, y los perros también tenemos lágrimas”. No quieras entenderlo —pensé—, sólo estoy ladrando. Guau, Guau.