Día 1. De las memorias del perro (2/6)

Dejé en casa la mesa puesta para encontrar banquetas abiertas. Desplacé mis pasos con la arrogancia del rufián que no siente culpas, con la altivez del ejecutivo que soborna sin sonrojarse. Así fui, de banqueta en banqueta, encontrando en los postes de luz un lugar más para mear. Yo me creía ileso, ajeno a las circunstancias propias de la gente. Fui un anti-héroe que quiso ver en la humildad el camino. Al cobijo del azar crucé calles y avenidas. La perpleja sombra de un transeúnte se embarró en la planta de mis patas. Sólo vi el destello oscuro, la nube que atravesó mi cielo, y la quimera muda de dos cabezas sin luz desapareció a prisa. El sumario de mis últimos años visto en el cruce de una esquina, el cronograma perfecto e impreciso del azar. La loca veracidad de las cosas. Ahí estaba yo, mirando el cableado desde abajo. La rueda rodante de un auto me hizo pensar en lo esencial, lo imprescindible. El resto estaba por resolverse.