Día 1. De las memorias del perro (3/6)

A nadie importa el desenlace de un perro que entrega la baba en el andar. Un atardecer puede ser lo más bello que le ocurre a una persona que se dispone a mirar. Basta salir y entregarse, o de lo contrario, retraerse a la pasividad más piedra. El rayo de un sol, o a la inversa, el sol de un rayo, producen en el organismo la chispa, la voz que trepa y trémula susurra tus verdades. Con la sabia armonía de una canción, los pasos se entretejen, como lo hicieron desde siempre. Yo estuve preso en el perímetro de parálisis que demarcó mi carne. Pero anduve y eso me sacó del saco de tela húmeda en el que permanecí. Los zapatos puestos bajo la cama fueron los amuletos de un maratonista de los días. “Agotaré la suela hasta rasgar mis propios pies” — pensé—. Tomé la calle lateral más solitaria y aborrecí del orden actual que tenía enfrente. En las jardineras de un sucio parque público escupí las babas de mi fastidio. “Guau Guau” — ladré hacia el cielo— . Tres pájaros grises huyeron revoloteando sus alas. ¿A dónde van? — Les pregunté — Pero no me hicieron caso.