Día 1. De las memorias del perro (4/6)

Extrañé las canciones que un día fueron las amigas de mis noches. El amargo alcohol de un destilado silvestre fue la angustia que evocó mi sed; la de precipitarme a la madrugada como melodía, como mariposilla que sobrevuela un foco. Yo estuve ahí, contigo, junto a ti, en el revoltijo de humo herbal que aumentó la sensación de estar viviendo. No fui más, que un simple pasajero de vivencias que comprobó el éxito de respirar. El encierro impuesto por el miedo desató sus cadenas de hastío y desvarío. Yo salí a las calles en busca de husmear más vida. Sin encorvar la espalda, llegué más lejos sólo por la necedad, por el imperativo de no quedarme donde había estado. Lamí la superficie terrosa con la ilusión de hallarle un sabor real a mi deriva. Chupé la corteza de fibra vegetal, las terribles incisiones del tiempo que se quedó tatuado en el árbol de las ramificaciones rotas. La música del aire seguía sonando, como una polka norteña de pajarracos urbanistas que me recordaban mi vida como una canción interpretada con el acordeón de aire que fue el pasado.