Día 1. De las memorias del perro (5/6)

Tendido al viento, como voz que retumbaba de memorias. La textura de un charco y su profundidad espantosa anidó el espejo de mil reflejos. El de aquellas y aquellos urbanistas del engaño y la superación. Yo fui el perro, sí, de eso no cabe duda, pero el carácter irreductible nunca me dejó. Guau Guau —volví a ladrar—, y un señor que iba pasando me miró de reojo. Quise acercame a él pero aceleró el paso sin girar la cabeza. No intentó siquiera rozarme con la mirada. Se percató del desdén sólo cuando le incriminé de nuevo: Guau Guau. Él señor siguió normal, como si mis ladridos no significaran nada. Como si un cuerpo tendido al sol fuera cosa de todos los días, no se tomó la molestio de detener sus pasos. La estela perfumada que exhumaron sus ropas fue la comprobación de mi condición animal. Mi carácter irreductible consistía en creer que al decir Guau Guau estaba diciendo algo. Si hubiera sabido que eso era lo de menos. Lo supe hasta que un niño se puso a jugar en la tierra con toda la cara llena de felicidad. Tal vez esa era la señal que necesitaba. La ciudad entera era una alcantarilla que debía cruzar en silencio para no alarmar a los transeúntes. “Hágase para allá” —me dijo una anciana que buscaba una banca para sentarse—. El niño, sin hablar, me extendió un brazo. Moví el cuerpo con alegría, pero el niño se fue corriendo a los brazos de su madre. Preferí no omitir ningún ladrido, y me fui. Los rayos del sol me pegaron en los ojos. “No dejaré de andar” —pensé— y eso fue suficiente para no ponerme triste por una cosa así. La banqueta seguía siendo la brecha que me llevaría a algún sitio. “¿A cuál?” —interrogué en silencio—. El claxon de un camión no dejaba de sonar. “Muévete cabrón” —me gritaron—. Entonces reconocí que iba a mitad de calle, en sentido contrario, obstaculizando el libre tráfico de sus esperanzas.