Día 1. De las memorias del perro (6/6)

El Guau Guau de mi poesía dejó de tener atractivo en tanto que yo mismo enmudecí. La tarde fue un llano sin ruidos mentales. Una cueva de silencios donde el cuerpo era el receptáculo. La ironía sonora de un terrible atardecer ajeno a la acústica propia. Anduve, ya lo dije. Y el andar fue la muda ruta que guardó silencio por la voluntad de aislarse a su manera. En la cóncava transformación de los colores cuando el sol se ponía, fui capaz de endulzarme un poco y sentir la paz que eso me traía. Olvidar por un instante la peripecia futura me inyectó algo que no sabría bien cómo definir. Lo que importa es que algo ocurrió, aunque no tenga las palabras para nombrarlo. “Mírame a los ojos y verás que no soy un perro” —le había dicho—. Pero esa situación estaba ya muy lejos, se había quedado atrás como las sombras figurativas que me salieron al paso. “Guau Guau” —fue lo único que escuché cuando quise preguntar a una joven qué hora era. “¡Huchaa! ¡Huchaa pinche perro!” — Me respondió y me aventó una pedrada. Di diez pasos para alejarme de la agresión y me quedé quieto mientras miraba los últimos destellos de la tarde. “Sea la hora que sea, ya no importa” — pensé —. No sentí las pedradas como un agravio sino como una epifanía: “El tiempo es un pan roído por los ratones”. El reloj que las gentes llevaban, no era otra cosa sino un dispositivo para cronometrar las desgracias.