Día 2. De las memorias del perro. (1)

Vivir como animal siempre fue una aspiración que no supieron comprender quienes me conocieron antes. Yo di el corazón en ello, pero no bastaba el impulso interno. Elegí pasar a los hechos por una cuestión moral, y sobre todo, para no dejarme caer como piedra sobre un charco de agua. Es decir, para no hundirme. La indecorosa apuesta que me hizo la vida, tenía que ver más con seguir caminando, así sea con mis cuatro patas ultrajadas de concreto. Tras un edificio de cinco pisos creí esconderme de los guardias, pero ellos se percataron de mi presencia y sin hacer tanto escándalo me corrieron del lugar. No supe cómo responder. Ni siquiera sabía a dónde ir. Con una ligera molestia en la espalda traté de estirar mi cuerpo antes de retomar el paso y ese gesto parece que les molestó. Fui más cuidadoso en el modo de moverme. Igual que ellos, procuré no alborotar el asunto. Hasta que recibí un chorro de agua fría y eso me produjo escalofríos. ¿No era esa una señal? Debía abrir bien los ojos y mirar para dónde iba. La terca consistencia de mi carácter, me mostró las debilidades que significaba andar adormilado por la vida. Como si en las calles de la ciudad semejante estado no estuviera permitido, desde entonces resolví dormir menos. “Despertar es mirar el mundo con energía” —mascullé en silencio—. Me fui sin reclamar nada. El día entero estaba enfrente.