Dia 2. De las Memorias del perro (2)

Mientras la gente buscaba el éxito, yo encontraba la vida. Les vi dar vueltas de un lado a otro sin entender la motivación que las movía. Iban y venían con esa prisa tan suya que caracteriza las grandes urbes. Yo por mi parte, decidí mirarles, sólo mirarles. La intrincada urgencia que les arrebataba los cuerpos era cosa rara para mí. Tan innecesarios me resultaron sus vericuetos, las agitadas peripecias del lógico algoritmo que dictaminaba su tránsito por el mundo. Sombras pasando por la luz del día, como fantasmas muertos antes de tiempo. Plegados a un reloj, a un calendario, no eran más que otro engranaje de la maquinaria imperfecta. Autos girando en la avenida del desconcierto. Peatones enmudecidos por el virus de su propia personalidad. Gritar es lo que falta para erradicar la miseria, pero cómo hacerlo si a todas las personas les robaron la voz. Abrumado de silencio sentí la asfixia del callar. Una ambulancia cruzó la esquina y eso llamó la atención de conductores y transeúntes. El reclamo de un enfermo que agonizaba adentro de la carrocería fue la imagen que tuve en ese instante. Quise gritar bien alto para que mi voz se escuchara pero sólo atiné a pronunciar: “Guau Guau Guau”. Nadie pareció percatarse de nada. Un semáforo se puso en rojo; la vida y la muerte se juntaron por segundos. La ambulancia pasó de largo. Cuando la luz cambió a verde, todo volvió a ser igual, menos yo.