Día 2. De las memorias del perro (3)

Hace tiempo pensé que no debía abrir la boca de más sobre todo si estaba enfrente de alguien. Más que una resolución fue un acto de cobardía, la insostenible tentación de no remover nada y que todo siguiera igual. Ese fue mi error. Dejar que las cosas se sucedieran a su antojo. Hasta que todo cambió: Ladrar fue entonces un acto de desobediencia, una manera de reclamar a la brava mi lugar en el universo. “Guau, Guau, Guau”, el eco de mi voz se perdió en los recovecos de un barrio sin gentes. “¿Dónde estan todas?” — me pregunté — . La ruta de lo incierto me llevó por calles y banquetas en las que nunca anduve del todo. Seguí a la deriva, callado, después de todo, algún lugar tendría que existir donde ladrar fuera otra forma de la comunicación. “¿Qué estoy haciendo? ¿A quién le ladro así?”