Día 2. De las memorias del perro (4)

El agua de un dulce amargor que fue el mezcal, se evaporó en un sol de tarde y boca seca. No hubo más que evocar el aliento de los dioses desde la resequedad dada a mi favor. Fui testigo del calor, cómplice del bochorno, acompañante de la alta temperatura que amainó su búsqueda bajo una sombra. Rapaz perro capacitado para morder a cualquiera, sólo por beber una gota de la vida, un trago de existencia. Mi desorientación no provino de la geografía sino del esqueleto raquítico en que se había convertido el acto de andar. Sin mapa ni destino, arrojado a la perra vida desde el ámbito de mis cuatro patas. “Guau Guau”, era lo único que tenía. Y eso me sirvió para ahuyentar a unas cuantas cucarachas de la ciudad. El precio de estar seco consistía en pagar con aire lo que líquido fue. Así, babeando la intemperie, fui encontrando más verdades; aquellas que me fueron ocultas antes de transformarme en el vago que yo era. “¿Me fui de casa para qué?” — pensé —, pero nada de eso tenía sentido ya. La evaporación era un fenómeno que se daba también en el tiempo. Con el leve humillo que desplegaba el asfalto sentí el pasado en toda su volatilidad. Era innegable, como nube de vapor en el cuerpo que arde. Una frase me vino a la mente: “Soy alcohol en la boca del tiempo”. Di la vuelta en la esquina y encontré a una persona hurgando comida en el bote de la basura junto al poste del cableado eléctrico. Se trataba de un hombre parecido a mí. “Guau, Guau” — le dije —. El tipo me aventó un pedazo de pan duro sin voltear a verme.