Día 3. De las memorias del perro (2)

La verrugas de la realidad se mostraron en cada esquina, como granos en la piel de una gran ciudad. Husmear paredes creyendo encontrar en ello la libertad prohibida fue otra forma de la excepción. Me desplacé errante por patéticos callejones en los que todo era sombra. “Toma el agua de los charcos” — me dijo una voz ausente y sin cuerpo—. El eco de mi cabeza fue un ladrido de claridad, el canto sonoro de ópera invisible. La voz, o lo que me quedaba de ella, sólo podía resonar en la forma gutural de su ruptura con los ayeres. “El pasado es un pozo de agua podrida” —pensé—. Tendría que extraer de su profundidad una gota al menos para afrontar el presente.