Día 3. De las memorias del perro (3)

Desplazar los límites de lo sensible en mi caso consistía en salir a la calle y arropar la vía pública con mi búsqueda concreta de la vida. Busqué, como un perro busqué, las pistas que dejaron las babas de mi pasado y sólo encontré resquicios de cobardía que incriminaron la actualidad de mi afán. El continuo presente estaba siempre ahí, en el espejo de calles y recovecos por descubrir. Pero también en cada pestañeo, en cada respiro. El Guau Guau terco al que me dispuse fue una manera de no callar y seguir mis pasos en un orden distinto al sugerido. Diluirme en un cuadro vivo era lo mismo que diluir el arte en la vida. “Úcha perro cabrón” — me dijo un viejo de avanzada edad —. Lo miré fijamente a los ojos y cuando vi que iba a recoger una piedra me alejé de él sin darle tiempo. “Pobre gente” — pensé —. Doblé en la esquina más cercana para tomar otra ruta. Olvidé el percance no porque así lo quisiera, sino porque muy pronto me vi envuelto en otras situaciones.