Día 3. De las memorias del perro (1)

He dicho que no soy un perro, pero no puedo negar las evidencias. La voz me sale como ladrido, como queja en medio de la noche ante cualquier sombra. Mi Guau Guau al final da lo mismo. El mensaje es el eco y nada más, sonoro y desagradable de mi voz en peligro de asfixia por un pedazo de tela pesticida. Terco caminante mental ajeno al resto de transeúntes, vinculado por una misma solidaridad solar. La ciudad es ese espacio para ir muriendo lentamente. Y eso yo lo sabía. El ruido de autos pasaba sobre la marcha fúnebre del calendario. En una plaza sin gentes bebí el agua estancada de una fuente. Me puse a mirar las hojas de un árbol y vi en ellas el libre movimiento que faltaba a la alegría cotidiana. “Guau Guau” — ladré bien fuerte —, como si en ello consistiera mi celebración por el hecho de seguir vivo.