Gramáticas del dolor de espalda.

Ya perdí la cuenta de cuando fue que me empezó a doler la espalda. No es que me haya acostumbrado al dolor, simplemente dejé de contar las semanas.

Ya no me quejo, ya no digo nada. A veces, sólo a veces, dejo ir una queja indirecta. Frases breves como “ando un poco torcido”, “necesito restirarme”, esconden el hartazgo que significa llevar a cuestas siempre esa molestia. “Es por tu mala postura”, me dice la madre de mis dos hijos. Y todo termina ahí.

Akbal, el mayor, que está por cumplir siete años, inocente, amable, la última vez me escuchó y ofreció darme un masaje. Acepté sorprendido de tan bonito detalle.

Para mi sorpresa, se quitó los tenis y me dijo: “acuéstate boca abajo”. Lo hice sin saber lo que me esperaba, luego se puso a saltar como si yo fuera un brincolín. Tres o más huesos me tronaron. Un crujido en seco salió de mi interior. Me imaginé el sonido de los pollos cuando les quiebran el cuello para que no sufran antes de matarlos. Después de todo, el procedimiento no me curó, sólo me ayudó sicológicamente ese día; quise creer que mi estructura osea se había acomodado y ya no tendría más dolores. Pero al día siguiente la realidad fue innegable, mis achaques seguían con la misma terquedad castigando mi espalda sin compasión.

Creo que necesito ir a un huesero para que me reacomode todo el esqueleto. Tengo la espalda llena de bolas. La tensión acumulada de mi propio peso. Mi columna es una culebra que se retuerce sin llegar a ninguna posición cómoda. Me he untado mezcal reposado en mariguana para ver si algo mejora. Es cierto, sentí una notable mejoría, pero eso fue algo pasajero. La pócima por sí misma no es capaz de ajustar las vértebras. Hago estiramientos durante el día, más que todo me sirven para olvidarme un rato de la rata que me roe por dentro; la rata es el dolor, inútil e inoperante, pero siempre ahí.

De un tiempo a esta parte duermo acostado sobre mi lado derecho, tal como lo recomienda la medicina tradicional china. Me ayudó mucho, no lo voy a negar. Antes de esa recomendación, hubo mañanas que desperté tieso todo por culpa de dormir en una posición incorrecta. Mi modo más erróneo era acostarme a modo de los convalecientes en una camilla reclinable, con la diferencia que yo dormía en una cama cualquiera con la espalda totalmente curva; me valía para ello de una almohada corriente que hacía bola para colocarla entre el colchón y la cabecera, ahí, en ese resquicio limítrofe la parte baja de mis costillas reposaba de la peor manera. Sin yo asociar ambos fenómenos, mi columna vertebral era en esos momentos un dragón en eclosión que gemía retorciendo su cuerpo.

Le conté a un amigo lo que me ocurría, sólo me envió un mensaje de voz: “Ponte mota con mezcal”. Luego de eso jamás volvimos a hablar nada a propósito de mi espalda. Hasta que una mañana de repente recibí un mensaje de él: “Prueba con aceite de canabis”. Le agradecí sin más: “gracias carnal”, y apagué el teléfono. “Chingas a tu madre”, pensé. No hemos vuelto a cruzar palabras.

Fue entonces cuando me di cuenta que mi vida se estaba amargando a causa de un dolor.

La vida me enviaba pruebas como cargar el tanque de gas cada dos meses o cargar un huacal lleno de verduras cada fin de semana; además de las acciones cotidianas como cargar a mis hijos en modo de avioncito o hacerles al volantín. Eso lo hice sin quejarme. ¿Era otra forma de maltratarme, de autodestruirme? Sin percatarme de la relación que existía entre mi espalda y el mundo, en el fondo esas pequeñas acciones fueron maneras involuntarias de producir mi propia amargura.

Debo curarme de una u otra manera. Estas palabras son una terapia autorecetada. Si bien escribir no ayuda a mejorarme, al menos gano olvidarme por unos minutos. Que conste. Escribo estos dilemas, estos razonamientos llagados por la terrible gramática de una incomodidad física. Que conste. Que mi espalda me perdone. Tal vez no estoy torcido del cuerpo sino del alma, ahí radica mi verdadero problema.