Carretera del infierno

Salimos un domingo por la mañana en el viejo coche que desde tantos años nos había llevado. Me llamó la atención que, justo al arrancar, un extraño ruido salía del motor; detalle que después de todo, no le di importancia. “Hoy vamos a comer en un lugar precioso” —le dije a Greta.

—¿Por qué me hablaste así en la mañana? —Me preguntó.

— ¿De qué hablas?

— No te hagas güey, tú sabes bien a que me refiero. Cuidado con ese que viene muy rápido.

— Greta, por favor. No empecemos…

— Espera, tú eres el que empezó esto…

— Eso ya pasó, ya olvídalo, olvida todo lo que dije…

— Carlos, estoy harta de que me trates siempre así… Mira hacia adelante, vienen autos.

— Pásame el encendedor y una bacha que está ahí en la guantera — le dije sólo para desviar el tema, y de paso porque me habían dado ganas de fumar por la situación.

Esa mañana me desperté contento y con mucha energía. Como era domingo pensé que estaría bien salir de paseo y comer algo diferente. Nunca pensé que todo terminaría, de nuevo, en una discusión. Los rayos del sol me golpeaban de frente, nublando un poco mi vista a ratos por la contraluz y las sombras de los pinos.

— Maneja más despacio — me dijo Greta—. Y agregó: Ese tabaco huele horrible.

— Greta, hazme el chingado favor, abre la ventana y deja de quejarte. Es tabaco natural de Nayarit, me lo trajo una amiga…

— Tú y tus pinches amigas… No me interesa de dónde es tu tabaco, sólo te digo que huele asqueroso.

Para no alterar más las cosas, me quedé callado unos segundos, luego tiré el cigarrillo por la ventana de mi lado.

— ¿Así está mejor? —Le pregunté con un tono de reclamo.

— Chingas a tu madre — me respondió.

No sé por qué, en ese momento, perdí la cordura. Pisé con fuerzas el pedal del acelerador y el crujido del motor penetró mis oídos como una bestia furiosa.

— ¿Qué haces estúpido? —Gritaba Greta con las manos agarradas al tablero del coche—. ¡Frena idiota! ¡Frena!

No supe lo que estaba pasando. Me dejé llevar por un impulso irracional. Un loco al volante, un desquiciado con rumbo al infierno. El viento rozaba mi cara; los rayos del sol se me inyectaron en las pupilas; todo parecía patéticamente maravilloso.

— ¿Qué haces loco? Por favor, por Dios, Carlos frena, frena…

El eco de la palabra frena, es decir, las tres letras expandidas ena, ena, ena, fue lo último que alcancé a escuchar. Cuando abrí los ojos, me encontraba en un quirófano. Minutos después supe que Greta había muerto de una contusión en el cerebro.

El lunes por la mañana, la vida seguía como si nada. Un técnico electricista hacía reparaciones en el pasillo del quirófano. Una enfermera mandaba mensajes por el teléfono. Una pantalla colgada en lo alto transmitía las noticias deportivas. Recostado en una camilla, sobreviviente del absurdo, me hicieron firmar tres hojas en las que se me declaró culpable de homicidio premeditado.