La muerte de un artista

—Y tú ¿qué chingados estás haciendo? —gritó.

“No puedo pasar los días así —pensé—. Es terrible soportar este encerramiento sin una aspiración en la vida. Tengo que llegar a alguna parte, más allá de mi propia carne. Es un deber, un imperativo que voy a cumplir me cueste lo que me cueste”.

—Mejor cállate la boca —le respondí—. Y agregué con un tono más elevado: Tú qué sabes.

Se quedó ahí parada en medio de la habitación, el reflejo de la lampara del tocador le rebotaba en la cara. Vi como temblaba. Vi como se empezó a morder las uñas de una mano, mientras que escondía la otra detrás de la espalda.

—¡Vete al chorizo! —me incriminó—. Eso sería lo mejor que puedes hacer. Lárgate de aquí y no vuelvas más. ¿No te has dado cuenta que tu presencia me lastima? —Interrogó de un grito.

—No me eches a mí la culpa de tus pedos. Si estás así es porque quieres.

—¡No me jodas! ¡No me jodas otra vez! Entiende, toda mi desgracia es por tu culpa. —Al decir eso pateó una silla sobre la que estaba un libro—. Tu pinche vida dizque de artista sólo nos ha hecho daño. ¡Date cuenta por favor! —El libro quedó en el suelo como un pajarraco de alas rotas.

No supe qué decir. Sólo se me ocurrió encender un cigarrillo y con esa intención di media vuelta en busca del encendedor. Hice un par de movimientos torpes con mis brazos, tropecé con la mesa de centro y pronuncié unos sonidos incomprensibles. Ella seguía quieta, en medio de la vida que se quedaba detenida ahí, entre el mundo y nuestros cuerpos.

Todo sucedió tan de repente, que no me dio tiempo de reaccionar. El piquete fue rápido, sin titubeos. Sólo sentí que algo caliente se derramaba por mi tórax. La sangre inundó mi camisa, se precipitó silenciosa hasta escurrir a chorros por el piso.

Caí desvanecido sin comprender qué me estaba pasando. “Hasta aquí llegué”, fue mi último pensamiento. “¿Qué chingados estás haciendo?”, me había preguntado ella apenas hace unos minutos. “Me mataste” alcancé a pronunciar. Luego me fui, para siempre. Las páginas del libro se bañaron en el charco agrio de mi muerte.