Por culpa del teléfono

—¿Por qué me desconectaste el teléfono, pendejo? —Fueron sus primeras palabras al entrar.

Durante el camino veníamos bien, pero sólo bastó llegar a casa para comenzar a discutir.

— Maritza, discúlpame, pensé que ya se había cargado. Estaba ahí desde la tarde.

Si bien apenas había oscurecido, yo creí que cuatro horas ya eran suficientes para que una batería común estuviera cargada.

— Siempre haces lo mismo — agregó, con un tono de reproche que me pareció exagerado.

— En verdad, discúlpame, apenas lo desconecté. No creí que fuera algo grave.

— Me caga que nunca me respetes — me reprochó.

El estado alterado de sus nervios fue algo que me desconcertó. Cómo era posible que por algo tan insignificante me estuviera reclamando de esa manera.

— Maritza ¿por qué me dices eso? Me haces pensar que estás harta de mí.

— Ay, ay… No te hagas la víctima. Sólo te estoy diciendo que por qué chingados me desconectas el teléfono siempre.

— No es cierto.

— Siempre me haces lo mismo. Y además mira, apenas llegamos y ya estás revisando tus pinches mensajes y tus notificaciones pendejas…

— Maritza, te pido de nuevo una disculpa. En la noche necesito la linterna del teléfono, no estaba pensando en mensajes ni notificaciones. Pero no importa, lo cargo al rato.

— Tú tienes cargador. ¿Por qué chingados agarras el mío?

— Ya te dije, no pensé que fuera algo grave. — Mientras yo decía estas palabras, Maritza manoteaba sobre la repisa despojando el cable del cargador.

Una extraña sensación se apoderó de mí por dentro. De forma precipitada y un tanto torpe, me abalancé hacia ella y tomé mi teléfono con ambas manos.

— ¿Qué te pasa idiota? — Me dijo.

— Para que veas qué tanto me importa el teléfono mira lo que hago con él. — Lo aventé al piso con todas mis fuerzas y comencé a pisotearlo como loco.

— ¿Qué haces tarado? Otra vez tu violencia estúpida. Mira que bonito. Otra vez sacando tu lado más bestia.

En esos momentos empecé a llorar. Un llanto de niño atormentado me brotó del alma. Se me resquebrajó el pecho de la impotencia. Otra vez había cometido el error de estallar. Y una vez hecho el daño no había vuelta atrás.

— ¿Te das cuenta que actúas como un animal? —Agregó Maritza, pero yo ya estaba en un estado delirante.

— Te pedí tres veces una puta disculpa —le grité con sollozos y la voz entrecortada—. Quédate con tu cargador de mierda y métetelo por el culo.

Esa noche, hice una maleta con un poco de ropa y me fui de la casa. No tuvimos la oportunidad de aclarar nada. Desde aquel día, no he vuelto a ver ninguna notificación ni he leído ningún mensaje. Me duele, ciertamente me duele. Perdí todos mis contactos; cientos de fotos quedaron embarradas en un chip roto; videos, audios, todo se perdió.

Todo eso me duele, pero más me duele haber terminado así con Maritza. Donde quiera que esté, le dedico este relato que he escrito en un cibercafé.

Tuve que escribir antes al soporte técnico de wordpress para que me restableciera la contraseña, ya que desde la aplicación que tenía instalada en el teléfono podía publicar cosillas de vez en cuando sin necesidad de teclear un pasword. Es la única cosa que he rescatado.

Tan bonito que había estado ese día. No culpo a Maritza de nada. Quizá eso tenía que pasar para terminar con nuestra relación. ¿Cuánto gané? ¿Cuánto perdí? Sólo el tiempo será capaz de juzgarlo.