“No se culpe a nadie”

—Nunca estás conforme con nada —me dijo Adriana ajustándose el sostén—. Estiré un brazo para alcanzar mi tabaquera, saqué un papelillo y me hice un tabaco. Me quedé en silencio observando su silueta en medio de la oscuridad. Los colchas de la cama me tapaban de los pies hasta las rodillas dejando entrar una leve corriente de viento por el resto de mi cuerpo. Cuando quise encender el cigarrillo, la flama del encendedor se evaporó. Intenté tres veces prenderlo pero sólo brotaba un ruido de chispas fugaces. Lo agité como si fuera un salero al que se le han tapado los hoyitos, pero la llama no salía. Se me ocurrió taparme de cuerpo entero; debajo de las cobijas por fin pude prender el cigarrillo. Salí del entramado de colchas como un cocodrilo que saca la cabeza de la laguna, con la diferencia que yo parecía un dragón arrojando humo por el hocico.

Adriana se acomodaba las tetas dentro del sostén sin voltear a verme. “Se va a resfriar” —pensé, pero eso, después de todo, no tenía importancia—. El tenue contorno que se proyectaba de ella sólo era una sombra sin gestos particulares. Yo quería verle bien la cara y me levanté de la cama sólo para encender la luz. Prender el foco fue volver a la realidad, darme cuenta, a través de sus ojos, que ya no nos amábamos.

— ¿Qué he dicho? —Le pregunté tomándola de los hombros y ella respondió dándome una cachetada.

— ¿Te parece poco que me digas esas cosas, que te pongas a fantasear con otras mientras hacemos el amor? —Me reclamó con voz colérica y dio dos pasos hacia atrás. Mis brazos, suspendidos en el ciego aire de la noche, se quedaron trepando el hueco que separaba su cuerpo del mío. El punto de luz rojiza que no era otra cosa que la punta del cigarrillo anidado en mis dedos, fue como un sol en medio de dos planetas equidistantes. De un lado ella del otro yo. El cosmos que era nuestra habitación se quedó en silencio.

— Creí que eso te excitaba —le dije sólo por decir algo. La ceniza acumulada en la punta del cigarrillo se resquebrajó y cayó al suelo.

— No chingues Davo. A ver, ¿te gustaría que yo hiciera lo mismo? ¿Te gustaría que yo te diga cosas así? Si quieres fantasear hazlo en tu mente, no me lo digas a mí, yo no quiero ser parte de tus aberraciones. Tienes la cabeza llena de mierda. — Dio media vuelta y se quedó inmóvil de espaldas a mí.

— Perdón, no pensé que te fuera a molestar tanto. —Le dije con voz suave, pero ya no respondió nada. Terminó de vestirse en absoluto silencio. Era posible escuchar el humo salir de mi boca. Adriana salió del cuarto azotando la puerta. Un viento fresco me golpeó la cara. — ¿A dónde vas? —Le grité con una voz que pareció quebrarse como un vaso roto. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y salí persiguiendo su perdón.

— Estoy embaraza idiota —me interpeló al verme correr tras ella, y añadió: — Tengo quince semanas. ¿Y sabes qué? No quiero tener un hijo contigo.

Esa madrugada yo me quedé acostado en la sala y la convencí que regresara a dormir a la cama.

Antes del amanecer me dieron muchas ganas de mear y fui al baño. En un rincón del piso mi camisa y mi pantalón hechos bola, justo como los había dejado al ducharme. Si no hubiera visto el cinto de cuero quizá nada hubiera pasado. Pero lo vi, y esa fue mi tentación de dejar de existir.

Tomé el cinto con mis manos temblorosas y lo colgué en el tubo de la regadera. Fui a la sala por una silla. Regresé al baño con la determinación de ahorcarme. “No se culpe a nadie”, escribí con la barra del jabón en el espejo. Coloqué la silla justo debajo de la regadera, me subí encima, y me puse la correa del cinto en el cuello.

“Un último cigarrillo” —pensé, pero luego me acordé que la tabaquera estaba en el cuarto—. “No me voy a negar ese último placer” —fue un pensamiento que me hizo ir al cuarto donde Adriana dormía vestida. Sin hacer ruido, tomé la bolsa donde guardaba el tabaco y salí caminando de puntitas. Apenas crucé la puerta y me di cuenta que tenía que despedirme de ella.

Me acerqué a su cuerpo con el mayor cuidado, sin hacer notar mi presencia para no despertarla. Cuando me incliné para besarla en la frente Adriana despertó molesta. —¿Qué haces tarado? —me dijo manoteando con ambas manos.

—Quería darte un beso —Le dije con toda mi ternura.

Adriana se dio la vuelta y se envolvió en las colchas refunfuñando.

Decidí fumarme el cigarrillo en la sala, donde con un bolígrafo sobre una hoja de papel escribí este relato. Una vez llegado a este punto, temblando, me dirigí al baño. El resto de lo que ocurrió, ya no lo pude escribir.