Loco amor

—Entiende Miguel, en las redes sociales sólo vas a encontrar desencanto. La sensación de no ser nada relevante. La comprobación, real o falsa, de que tu vida y lo que haces no interesa gran cosa para nadie.

—No me digas eso Adelaida, también se pueden hacer cosas desde ahí. —Eso fue lo que respondí, pero ella ya no me escuchó.

Me quedé sentado, tomando el café de la mañana, con tres colillas de tabaco en el cenicero y un cigarrillo a medias entre los dedos.

Escuché unos perros ladrar afuera, y me imaginé a Adelaida caminado por la banqueta con los pies sobre la vida, asentada en la realidad palpable de la existencia.

Una señora barría la entrada de su casa. Un don regaba una planta con flores. Dos niños jugaban a perseguirse. Un pájaro trepado en una rama. Un perro ladraba.

De cierta manera Adelaida tenía razón. Ella, libre de esas dinámicas, ajena a la realidad virtual, podía echármelo en cara sin que yo le reclamara nada.

Ese día destruí mi laptop. Como un ritual maldito en el que participa un alma castigada, me entregué al desvarío de ultrajarla a puñetazos y patadas en medio de la sala. Fui un loco endemoniado. Un peleador enfermo mental que destina sus golpes a un objeto. El crujido de la máquina fueron los lamentos de muchas vidas encerradas en la pantalla.

Yo quería afrontar mi soledad, así sea durante ese rato que Adelaida no estaría. Bastaba apagar el equipo y ponerme a hacer otras cosas. Pero opté por destruir la computadora de la manera más bestia.

Por la noche Adelaida llegó y parecía más bella que otras veces. Acaso por el brillo que le daba la convivencia con otras personas. O tal vez eran mis ojos, que por fin la miraban con atención plena sin tener la mente en otra cosa.

—¿Qué pasó aquí? —Me preguntó y no le respondí.

La tomé del cuello con ambas manos y ella levantó los labios. La besé. Como un perro hambriento de amor. Ella comenzó a gemir y se quitó la blusa. El pene se me puso bien duro. Las manos me comenzaron a sudar. Me pidió que le chupara los senos. Mientras lamía sediento la curvatura de sus pechos, le acariciaba la espalda. Ella me desabrochó el pantalón y empezó a jugar con mi pene.

—¿Por qué hiciste eso? —Me preguntó, y yo pensé que se refería a una pequeña mordida que le di en el pezón. Sólo le sonreí y la besé.

—Miguel, ¿por qué rompiste la computadora?

—Por qué te amo —le respondí con la voz llena de ternura.

—Estás loco Miguel, estás bien loco.

Esa noche hicimos el amor en el piso, rodeados de piezas rotas y de la carcaza de la laptop hecha mierda. Gozamos como hacía tanto tiempo no lo hacíamos, llenos de un furor erótico, llena ella y lleno yo, llenos de un deseo por devorarnos las carnes y los jugos y las mieles de nuestros cuerpos.

Al día siguiente por la mañana me dijo sin titubeos: “Miguel, yo no quiero vivir con un loco”. Tomó una maleta que recién había preparado, y se fue, para siempre. Me abandonó por desquiciado. Afuera, allá en la calle, la vida seguía ocurriendo. Los perros ladraban. Las flores crecían. Los niños jugaban. En las banquetas la vida sucedía. Un pájaro se acercó a la ventana de la sala y se puso a cantar un canto que no supe cómo descifrar.