Mientras no estuve en casa, mis hijos crecieron; rieron a carcajadas junto a su madre de pura felicidad. Así fue por largos meses en que no supieron nada de mí.

Irme resultó una liberación en las tensiones familiares. Todo fluyó más ameno tras mi fuga. Mientras ellos reían en su cuarto, yo lloraba en la soledad de un rancho en medio del monte. Mi llanto fue un cúmulo de reclamos contra el orden del cosmos que me abandonaba a mi suerte. Supe sobrevivir entre amasijos de hierba, que acrecentaron en mí las esperanzas de un mejor futuro. Así desplegué un anhelo, que más tenía que ver con una realidad alterna que con mi propia existencia. Mis ilusiones fueron eso: el arranque imaginario que me permitió seguir.

El tiempo me pasó muy rápido. Lo vivido antes me pareció ridículo una mañana tranquila. Como si el pasado fuera una estampa fijada en mi memoria, lo retuve con entereza, sin dejarme caer. La sustancia de los días fue la droga que me inyectó adrenalina. En cantos de pájaros oí canciones; en el eco lejano de un ladrar de perros a media noche se me figuró presenciar un ritmo con armonía propia; en el trazado de las estrellas creí encontrar el boceto de un dibujo que me gustaba; en las formas de una raíz podrida por la humedad vi la escultura preciosa de un hada; en sí, que todo de alguna manera terminaba por justificar eso que aún podía seguir llamándose la vida.

Lloré, y llorar fue un orgasmo: el llanto de esperma de lágrimas que me liberó la ansiedad acumulada.

La risa de mis hijos no provenía de una celebración por mi partida, sino del gozo diario de vivir a toda costa los instantes como si fueran lo único real. Para ellos bastaba una pelota, o dos piedras curiosas, para afrontar los ratos de una manera digna. Mientras yo buscaba yerbas comestibles para calmar el hambre entre la maleza de una loma, ellos jugaban a perseguir un león con la imaginación.

Acaso cuando todo estaba en calma en casa, en silencio, sin el desorden típico que yo le daba, es cuando mi fantasma aparecía. Faltaba la taza de café dejada donde sea; faltaba mi sombrero polvoriento tirado en cualquier parte; faltaba yo, esa parte mía en el hábitat doméstico y familiar. Eso y tantas cosas más faltaban, pero nada de eso era imprescindible en el sabio orden cósmico que me arrojaba a otras aventuras.

En los recovecos de mi fuga, la aparición de Amalia, esa mujer de mirada luminosa, me devolvió el arrebato, el impulso y la determinación de ir más lejos.

Estuvimos felices en un pueblo cafetalero, pero mis recurrentes enredos mentales terminaron por fastidiarla. Ella estaba hecha para la acción, mientras yo desplegaba el tiempo imaginando cosas que nunca lograba concretar. “Tus ideas son buenas, sólo tienes que hacerlas” —me dijo una mañana mientras molía café con una piedra del río. Desde que Amalia decidió dejarme, fui un perro en busca de vivir mis ideales con toda integridad. “No me dejaré caer” —pensé—. En ese entonces no sabía lo que estaba por ocurrir.

De alguna manera yo era un prófugo de la justicia, un esquivo de la normalidad pautada, un fugitivo de la obediencia civil; con los dedos apretados y un puñado de saliva atorado en la garganta. Pero también era un sobreviviente, un afortunado por el hecho de estar vivo, y eso me provocaba sentimientos de gratitud. Yo, que quise amar a plenitud, terminé cuesta abajo regresando a ninguna parte, en busca de mi participación directa en el universo.

En el pueblo cafetalero, desde el arrullo del viento que olía a mar, una sospecha me craquelaba por dentro. Como un taladro con una broca minuciosa y simple, pequeña y contumaz, la sospecha me perforaba el pensamiento. Semanas de divagar al aire, de reposar como un perro bajo la sombra de un platanal. Se fue Amalia, se fue la madre de mis hijos, se fueron ellos, se fue Iliana mi amiga, se fueron todos, allá a un pueblo ubicado arriba de la montaña. Yo, la masa de voluntad que era mi cuerpo, me armaba de valor para volver con más arrojo. No eran ell@s lo que se fueron, fui yo, al que llevaron secuestrado allá muy lejos en caminos perdidos de la sierra y pude escapar. De pronto me vi de nuevo, en el terreno de la acción.

Desde la orilla del camino, esa noche coloqué el tronco de un árbol caído sobre la ruta costa-sierra. Esperé un buen rato, hasta que pasó una camioneta vieja. Tuvo que frenar y detenerse por completo. La puerta del conductor se abrió. Una silueta oscura descendió. Vi como un tipo con sombrero se desplazaba con lentitud, inseguro, incapaz de tomar una decisión en el acto. Mi miedo era que anduviera armado, que debajo de la camisa tuviera una pistola. Caminé sin que mis pasos hicieran el menor ruido. En el bolso del pantalón llevaba cuatro piedras que usaría en caso de ser necesario.

Por momentos pensé atacarlo a pedradas desde la distancia, pero eso le daba la posibilidad de subir corriendo y arrancar de reversa. Hacía falta la certeza de una buena pedrada, el tino preciso para dar justo al cráneo con la suficiente potencia. Quizá sintió mi presencia, porque de repente volteó hacia mí y preguntó con voz temblorosa: “¿Quién eres?” Como fue una pregunta que me agarró por sorpresa, sólo le respondí: “Eso no importa”. El tipo corrió para entrar a la camioneta. Le aventé una piedra con todas mis fuerzas. Le di en el pecho. Le aventé otra en el cuello.

“¿Qué quieres?…. Dime… ¿Qué quieres?” —gritaba con una voz que me resonó como el eco mismo de la muerte. Era el viejo de sombrero y machete que vivía con Amalia—. Debía matarlo o huir por el monte, pero me quedé quieto. Del puro sobresalto que me causó toparme con él se me paralizaron las piernas. Sentí como sólo me temblaban. Un sapo saltando a tope, rebotando en mi pecho con violenta palpitación: eso fue mi corazón, un sapo a riego de reventar y salirse de sí mismo.

La puerta del copiloto se abrió y entonces bajó Amalia toda despeinada, con la cara desencajada, mascando el palito de una planta, con los labios embarrados de ternura y compasión. “Dile que yo no fui” —pronuncié en voz baja, como si aún fuéramos cómplices—. “Te andábamos buscando”, respondió Amalia con la voz llena de amargura. “¿Qué?” —grité—. “¿Para qué me andan buscando?”. —Sólo miré a Amalia a los ojos, temblorinos de ternura.

El viejo se levantó las mangas de la camisa, se acercó más resuelto y me escupió un espeso gargajo en la cara. No me atreví a estrellarle un piedra en la cabeza, ni siquiera hice nada en respuesta. “Para a matarte” —pronunció con lentitud mortal—. “Te andamos buscando para matarte”

Los vericuetos de una vida entera parecían concluir de manera absurda. Y todo a causa de Amalia. El origen más puntual de mi tragedia fue la excitación, el crimen de haber cedido a la tentación, no de sus pechos sino de su pecho, es decir, de su corazón. El resto de los acontecimientos fue la vida misma. Quise suplicarle comprensión al viejo, pedirle el entendimiento más humano y universal, rogarle por mi vida. Pero toda palabra estaba de más. Sólo tenía en mis manos la posibilidad de salvarme siendo un animal. El animal que soñé ser en libertad, se vio tentado a perpetrar una vez más el lado salvaje de la vida.

Mi destino inmediato estaba por resolverse. Dos piedras llevaba en el bolso del pantalón; dos ilusiones por cumplir: la primera salir vivo, la segunda volver al pueblo de mis amores. “No me dejaré matar así tan fácil” —pensé —. A partir de ese pensamiento, me dejé llevar por el sabio orden del cosmos. Acaso mi instinto más bestial me llevaría a la locura. Acaso la humildad más tierna me pondría de rodillas a implorar perdón. Mi suerte estaba en medio de la noche, atorada en el camino por un tronco seco y por la presencia de dos personas dispuestas a sacarme del juego de vivir. La luna tatuada en el cielo negro, como una mirada siempre de mis desatinos, sería testigo de lo que estaba por ocurrir.

***

El arrojo nocturno que nos envolvió, como dos animales, no podía ser el argumento definitivo para mi seguir. Sin embargo cedí, a la tentación de su compañía y acepté la invitación de escapar junto a ella.

Yo la salvaba de un estado de encerramiento, de la custodia permanente de un viejo armado con machete; la salvaba de su verdugo, de aquel tipo que la atrapó entre matorrales de extensa soledad. ¿Pero a cambio de qué? ¿Qué ganaba yo con llevarla si yo mismo no iba a ninguna parte?

¿Hasta qué punto, mi arrebato de excitación me pasaba la factura, en la encrucijada de seguir con ella o abandonarla a su suerte? La cálida redondez de sus senos, la curva entrelínea que los definía, la canela tonalidad de su piel, todo eso de alguna manera me hechizaba. “¿A dónde vamos a ir?” —me había preguntado Amalia, y yo tan sólo me desvanecí en la tierra vencido de tanto caminar.

Desperté mirando el polvo que demarcaba nuestros cuerpos, la tierra embarrada en su piel. “Mi cabeza es un revoltijo”, pensé, pero esa misma idea se disolvió en la sombra de una nube pasajera. Tenía que contarle algo, antes de seguir.

Sin hilo aparente, comencé hablar lo que podían parecer disparates. Pero eso fue lo que me salió en ese momento. Aún lo recuerdo: “La vida me metió en asuntos que no supe cómo afrontar. Lo que ves aquí son las consecuencias. Esto que soy es algo a medias, impedido de ser verdaderamente feliz”. —Eso le dije a Amalia. Y seguí hablando como si hablara solo.

“Una flama a medio gas. El reducto de alguien que intentó, sólo intentó, cruzar las barreras de cierta normalidad pautada. Los mendrugos, es decir las migajas de aspiraciones más grandes: eso soy. —Mi voz salía sola, como movida por una necesidad de despreciable desahogo, ella sólo escuchaba, con la mirada quieta—. El fracaso viviente y sincero que no fue capaz de dar el salto verdadero. Veme todo flaco, ve mis ojeras, ve el temblor de mis manos, ve el brillo seco que se va acumulando bajo mis párpados. Veme, obsérvame. Te juro que hice lo que estuvo en mis manos para librarla. —La claridad del día contrastaba con mi monólogo sombrío—. Después de todo, he corrido con suerte. Pude mantenerme en pie, a pesar de las humillaciones, a pesar de toda la indiferencia. Fui, de veras que lo fui, un estorbo en el funcionamiento de la vida tal como se esperaba que ocurriera. Fui como un fierro torcido, adentro de una maquina que todo el mundo ve como perfecta; un engranaje que no quiso dar vueltas siempre de la misma manera. —Tuve recuerdos de vivencias anteriores que revolotearon por mi mente como pajarracos burlones de mi situación actual—. La felicidad compartida me fue rechazada, y encontré en ello el placer de sentirme libre. Pero todo lo malentendí. Ahora soy esto Amalia, como te digo, este rastrojo de persona que ves a un lado del camino. Pero no me voy a dar por vencido…”

—Atrás del cerro está el mar —Amalia me interrumpió y señaló con su dedo la montaña; sus ojos de piedra se clavaron en la tierra—. La tomé de las manos. Ni siquiera me miró. Atrapada en el hechizo de la arcilla, estatua de carne, se detuvo en el instante de silencio para nombrar al incierto futuro que teníamos de frente. Amalia, mujer de rancho, sabía que allá estaba el charco enorme de agua expandida que la gente llamaba “mar”. Primero había que llegar a la costa, es decir al costado del océano. Luego nos hundiríamos en el agua como dos peces de monte. “Mar”, tres letras suficientes para anunciar una ruta, un recomienzo, el renacer de un nuevo destino. Una letra me distanciaba del secreto de la existencia. Yo hubiera querido que Amalia me dijera: “Atrás del cerro está el amar”.

El mundo entero me parecía un foco infeccioso, en el que la alarma de ser contagiado se apoderó de las conciencias. Fugarme con Amalia fue un acto de necesaria complicidad, creerme que no estaba solo. Ahí estábamos en el cruce de un camino de tierra, que de seguirlo en bajada nos llevaría a la costa. Cuesta arriba, el camino llevaba a la montaña. La maleza y los pinos estaban ahí, en el mudo silencio de sus presencias a media mañana.

—Es canícula Amalia, y tú lo sabes, nos vamos a morir de calor antes de llegar y mojarnos en el océano. Quiero agua de beber antes que agua de mar. Tú debes saber dónde hay un pozo, un yacimiento, por favor Amalia…

—No seas cobarde —pronunció en voz baja—. Amalia me entregó la rama de un arbusto y me mostró cómo masticarla. Debí comer sólo las partes más delgadas pero me atraganté con un buen pedazo. El jugo agrio de una rama, las hojas amargas, la abundante saliva que me brotó… eso y el rostro luminoso de Amalia me hicieron creer que todo iba bien.

Vivir como primate en las cavidades del monte no podía ser la mejor elección, yo lo sabía. Pero acaso el mar, con su exasperante calor costeño sólo me traería mayor desesperación. Que dios me perdone por decir esto. El ambiente del mar sólo me parecía atractivo en soledad. Acompañado de alguien no dudaba en que tarde o temprano llegaría a un estado de irritación y fastidio. No se puede estar frente al mar todo el día, a no ser que yo fuera pescador. Y Amalia, por lo demás, sólo conocía del mar la palabra, no sus calores ni sus terribles mediodías.

Sus ojos llenos de brillo se inundaron de lágrimas cuando nos besamos antes retomar la marcha. No supe qué decirle y me quedé en silencio. El canto de unos pajarillos a lo lejos fue la rústica canción que nos consagró como dos andantes cómplices. “No preguntes a dónde vamos” —le dije y aventé una piedra para el cielo. “Conmigo vas a conocer la vida, Amalia”.

***

Amalia fue la vertiente de un río sin agua; un oasis imaginario en mi vida desierta.

Yo que recorrí sediento largos senderos en búsqueda de algo más, me topé de pronto con mi propia ilusión; descubrí de repente la sensación de perseguir una mariposa sin poder alcanzarla. Amalia estaba ahí con toda su sonrisa encima del cuerpo, como evidencia particular de una felicidad posible. El brillo de sus ojos, anegó los míos en el tapiz cristalino de las lágrimas que se me quedaron atrapadas en los párpados.

Me aguanté las ganas de abrazarla. Me contuve de besarle la mejía. Es decir, me acomodé a las formas establecidas de convivencia. Sólo por moderación. Sólo para mantener el flujo estable de las vidas cotidianas y comunes. La vi lleno de amor, y esa fue mi manera de decirle te amo sin decirle nada. “Entre, no se quede ahí nadamás mirando” —me dijo Amalia con voz suave—. “Lo siento… —respondí— no quería molestar a nadie… Oí a los perros ladrando y vi el humo de una fogata…”

Me invitaron a tomar una infusión de hierbas y me ofrecieron un plato de frijoles. Dormí por la tarde en un cuartucho que me asignaron, con un pantalón y el abrigo del hombre. Todo parecía tranquilo.

Esa noche fue el escenario de jadeos y sudores erógenos que inundaron mi alma de un éxtasis desgarrador. Cuatro paredes de barro fueron el recoveco de mi intimidad animal. Un amasijo de colchas, un desórden amueblado, una taza en el piso, todo aquello como detalles de un cuadro cuya composición resaltaba dos cuerpos entrelazados. Amalia dilató las pupilas del puro gozo, se estremeció entre empellones salvajes que le sacaron gritos escandalosos.

Todo ocurrió en la oscuridad, mientras el hombre que me había recibido dormía en otro cuarto sobre un petate de paja, vencido del cansancio, con el sombrero en los ojos. Yo sabía que él cargaba machete, pero la noche me hizo olvidarme de toda preocupación. Acaso el destilado de agave que me dieron, acaso la sensación de sentirme seguro, el abrigo que amablemente me concedió aquella pareja. Él dormía, mientras Amalia y yo redescubríamos la vida entre suspiros y gemidos.

La madrugada entera fueron horas embarradizas, que disiparon toda preocupación terrena sobre mi porvenir. Estaba el presente y nada más, como posibilidad verdadera para existir. Yo, venido de mi condición ajada por el monte, no sentía en mí la capacidad humana para comportarme conforme a las normas. Me dejé llevar por el arrebato, por la euforia que me produjo la vida en esos momentos. El instante fue una aventura autoconclusiva. No dependía un fin más allá del instante mismo. El fin era el medio, que nos revolcaba como dos fieras tragándose el corazón.

El golpeteo de una puerta sonó tras la pared, y tuve miedo de ser sorprendido por el hombre. Mi seguir estaba en juego. O me la jugaba o cedía mis pasiones más bajas en aras de un futuro. Opté por jugármela. Y seguí el vaivén del placer ciego. Líquidos amargos, sales de la piel, babas desenvueltas en el deseo. Sólo era el presente tierno y sucio, animal y bestia, sin luces ni argumentos, en toda su plenitud.

Un perro comenzó a aullar afuera. No eran ladridos sino una especie de canto triste. Los aullidos fueron una voz del viento. Tomé a Amalia de los hombros y le pedí que regresara a su habitación. Ella clavó sus ojos en los míos de una forma tan tierna. “Llévame contigo ―me dijo―, vámonos ahora mismo, yo te sigo a donde quieras ir”.

“Que el diablo me perdone” ―pensé,

Esa madrugada escapé con Amalia por la vereda de un cerro. Nos amaneció en las orillas de un camino de tierra donde la besé cargado de una felicidad inexplicable. “¿Y ahora ―me preguntó― a dónde vamos a ir?” Yo llevaba puesto el abrigo del hombre y un pantalón viejo de poliéster que me quedaba grande; los huaraches los tomé antes de fugarnos.

***

He escrito todo esto como testimonio fragmentario. Como voz tartamuda que sale para nombrar algo que es imposible narrar sin equívocos.

El cúmulo de ecos y reflejos no era más que una constancia de la permanencia, de eso que aún quedaba en mí como persona. La tentativa de seguir adelante tenía que considerar otras motivaciones, más allá de las ilusiones perdidas vistas desde el montículo de mi memoria.

El rancho fantasma al que llegué, me mostró una mesa muy distinta a la que yo buscaba como sinónimo de un hogar. Una mesa carcomida por el tiempo, con un pequeño pedazo de papel encima en el que pude leer: La vida real es una broma. Yo que no creía en ningún dios, sólo en el amor, sentí de pronto el vértigo de habitar en el vacío. De ser la nada misma reencarnada en un cuerpo desnudo sin orientación.

Tenía que salir, y para ello me dejé llevar por la intuición más ancestral. Seguí el curso de la luna noche a noche, bajo la luz tenue y clara de las madrugadas. La luna llena me concedió el fresco de cruzar a pie varios cerros sin que el sol llagara más mi piel. Tres noches merodee como venado nocturno del modo más silencioso. Un arbusto de moras en el camino fue la comilona que no tenía desde hace días. Debí comer más de cien, una tras otra, en el hartazgo de sentirme vivo a fuerza de necedad.

La tartaleta de la realidad fue eso, puñados de moras que me saciaron. La mermelada, agria y dulce, se hizo en mi boca a base de masticar como animal hambriento los frutos. Me llené los labios y los cachetes del jugo azul que estalló en mi hocico. Me salpiqué las manos del néctar antioxidante. Me relamí los dedos por el gusto de derramar mi lengua en el sabor chorreado. Escurridizas gotas que me hicieron sentir un éxtasis en todo el cuerpo.

La luna fue tal vez lo que me excitó. Un cosquilleo interno, como si hormigas anduvieran en mi pecho, se apoderó de mí en un plano de hojas secas. Bajo un árbol me protegí del sereno. Mi cuerpo estaba caliente de tanto caminar, de andar por caminos de subida y diagonal sin mapa de por medio. Un andar orientado por la luna y nada más. Como un lobo aullando, desee fundirme con el universo en un placer egoísta y unipersonal. Me tendí sobre las hojas secas y me quedé mirando al cielo.

Cientos de estrellas como pequeñas luciérnagas irradiaban allá arriba junto a la luna. Un grillo comenzó a cantar y su canto me llegó al fondo de mi ser como una caricia venida del cosmos. Era un cri cri muy suave, casi imperceptible, que entró a mis oídos como gemido orgásmico. Eyaculé chorros espesos de una nata color perla. Creyendo recibir en esa sustancia algún tipo de medicina, me tragué los bocados de gelatina acuosa como si fueran los últimos mendrugos de un flan. El grillo fue el placer de sentir algo profundo chispeando en mi ser, me produjo una excitación intensa no experimentada así nunca antes.

El placer debía ser sinónimo de estar vivo, de sentir la vida, de identificarse como organismo viviente. Por más espejismos que rondaran mi mente, la sensación había sido algo real, que me arrojó la certeza de estar existiendo. Sentí, y esa fue la comprobación de mi vivir. La mente era un engaño. Las aspiraciones, los planes, los proyectos, todo eso con lo que me entretuve tanto tiempo, de pronto se vio tumbado por una evidencia hasta cierto punto animal. “Soy un animal” ―pensé―. Seguí la ruta de la luna, con la intención de amanecer en alguna ranchería. Un nuevo enfoque movía mis pasos. No era más una persona, sino un animal con el deseo de existir.

Antes del amanecer escuché un gallo cantar de lejos. La nubes color toronja parecían algodones de fuego. Mi corazón se aceleró cuando escuché más de cerca a otros gallos. Los primeros rayos del sol aún dejaban ver la luna allá arriba, como congelada en la eternidad. Un cercado de tablas me salió al paso. “Buenos días” ―grité―. Tres gallinas, dos guajolotes, un gato, un burro atado a un árbol, todo eso era la vida. Salió un hombre con un machete y un sombrero maltratado.

—¿A quién busca? ¿Qué hace usted desnudo aquí? —Me preguntó muy tranquilo.

—Busco… Busco a quien sea… alguien que pueda decirme dónde estoy… que me diga qué día es hoy. Por amor tío… —Le dije tío porque así se estilaba en el pueblo al hablar con personas mayores.

—Pase, póngase esto mientras —me entregó su abrigo de lana y me dio una palmada en el hombro—. ¡Amalia! —gritó de pronto—, tenemos visita.

***

Hola amig@s, recién abrí una cuenta en Instagram. Ahí regularmente estaré subiendo dibujos y fotos relacionadas con el proceso de hacer los libracos que pretendo. También, es una manera rápida de contactar, por si acaso, sólo acaso, podemos hacer algo junt@s.

Este dibujo salió el fin de semana. Espero sea el primero de muchos más.

En fin, por si alguien quiere seguirme, de alguna manera, incluso se lo agradecería. Por ahora, aún tengo menos seguidores que un puñado de cacahuates.

https://www.instagram.com/paludarioed/

Ilustración para el Libro negro de la Pandemia, Pandemic Report, o simplemente, el Informe.

Me pusieron boca abajo sobre la superficie de asfalto. Sentí el frío seco de la planicie. La plancha fúnebre y mortal donde quedaría mi cuerpo muerto. Me colgarían del poste de la luz. Me bañarían a pedradas. Me rociarían con gasolina y de un flamazo se reirían de mí. Yo, lucharía hasta el final para salir victorioso. Pero todo sería inútil ya.

—¡No levanten la cara cabrones! —Nos ordenó un guardia que sostenía un machete en una mano y llevaba una escopeta colgada al hombro. Después que dijo eso, ya no lo pude ver. La orden fue mantenernos agachados, sin levantar para nada la cabeza. Así asumí el proceso. Así enfrenté el curso de mi destino, sin levantar la cabeza. Tenía que hacerlo si quería seguir viviendo, así fuera unos minutos. Se me prohibía levantar la mirada, para no ver a los ojos a nuestros verdugos, para no ver directamente la cara de la crueldad, el rostro de la locura y la vileza humana.

Postrado en el lecho del ajusticiamiento, la luz del día me penetró las pupilas, acaso el reflejo solar de mis últimos instantes. Logré ver los rostros de mis amigos cautivos, apachurrados por la justicia despiadada, prisioneros, con la cara plegada al suelo. “Las víctimas del arrebato colectivo que desató la pandemia”, eso éramos. Seres indefensos, arrojados al instinto de sobrevivir, en un pueblo de legendarias costumbres y milenarias tradiciones.

El rostro de mis amigos Mariano Clark y Felipe Ulrich estaban ahí, a mi lado, lamiendo el suelo sin comprender su culpa. Junto a nosotros, el polaco y el portugués en igual situación de desconcierto. Los cinco, habitantes fuereños del pueblo desde hacía años; años nobles e ingenuos en que la vida ocurría sin sobresaltos.

Mariano, con su enorme altura, el cabello amarillo y los ojos verdes, no dejaba de mirar en vano hacia arriba. Se esforzaba y torcía su cabeza para intentar un diálogo imposible con los guardias. “Callése pendejo”, le dijeron un par de veces antes de darle una patada en el pómulo. Felipe, con sus rastas cochambrosas, el tipo más noble que podía existir, se mantenía quieto, callado, sólo obedeciendo las indicaciones de no voltear. El polaco andaba descalzo. A pesar de la transparencia de su piel, los azotes recibidos previos a su detención le mancharon la ropa de gotas de sangre, así como la punta de sus pies. ¿Y el portugués? Yo a él sólo lo conocía de vista. Tenía tatuajes en los brazos y muchas pulseras.

Al portugués fue al primero que le dispararon. Uno de los guardias tuvo que activar el gatillo sin preámbulos. Un plomazo en la cabeza bastó para que se desvaneciera en un silencio sepulcral. Tras el disparo, varias personas se atrevieron a aplaudir, como si estuvieran celebrando algo. Gritaron: “¡Bravo! ¡Bravo!”, luego se quedaron en silencio cuando vieron escurrir un charquillo de sangre de la cabeza del portugués que pataleaba en un acto reflejo por sobrevivir. Sus últimos suspiros se quebraron en el mudo azar de una mañana del siete de junio.

Yo comencé a temblar, pero no quería que los guardias vieran que estaba temblando. Aunque no me dejaban mirar a ningún lado, el plomazo me hizo voltear. Enfrentaría lo que fuera con la frente en alto. Mi cuerpo lleno de temblor y sudores fríos, se vio sorprendido por unas inesperadas ganas de cagar. Me estaba cagando de miedo, literalmente. ¿Qué podía hacer yo? Si atestigüe la bala que desplomó a aquel hombre, con la sensación que todo estaba por concluir.

—A estos perros llévenselos a la bodega —masculló una voz rasposa, procedente de las alturas respecto al suelo de nuestro terror. La voz resonó entre susurros tímidos de los pobladores que miraban la humillación de la cual éramos objeto.

— Afirmativo, comandante —respondió un guardia de rostro cubierto, el mismo que antes me agarró de los pelos. Lo reconocí por la voz, me había dicho: “No levante la vista cabrón”, y a partir de entonces yo tenía la vida cronometrada.

Eso pensaba yo, eso creía. No había modo de librarla. El portugués quedó fusilado en la explanada de la plaza principal del pueblo, con el tiro de gracia en la cabeza. A Mariano, Felipe, el polaco y a mí nos trasladaron a un bodegón semi oscuro.

Cuando entramos vi al otro extremo a Iliana adentro de una especie de jaula de barrotes de metal. No dejaba de sacudir su cuerpo de un lado cuando escuchó abrirse el portón metálico del bodegón. Los guardias, cubiertos del rostro completo, seguían nuestros pasos con la cautela de un cazador. Las presas fuimos nosotros, que ingresamos al sitio oscuro con el presentimiento de lo que estaba a punto de ocurrirnos. Iliana estaba desnuda, amarrada de los postes con las piernas abiertas, las manos atadas por arriba de su cabeza, los ojos vendados, y un pedazo de tela metido en la boca.

Pese al estado indefenso en que se encontraba, no dejaba de agitarse, de dar manotazos torpes y dar patadas inútiles en el vacío de la estructura carcelaria y animal. Me pareció ver en su cuerpo las flagelaciones de unos latigazos pero no estuve seguro de que se tratara de eso. Tal vez le pegaron con una rama o con una cuerda corriente. Pero eso era lo de menos. Le habían pegado, y eso me llenó de coraje.

Nos guiaron hasta quedar muy cerca de la jaula. Entonces un guardia le quitó la venda de los ojos a Iliana. Ella me miró. Yo le sonreí. No sé por qué, me dio gusto verla, saber que estaba viva, que aún no todo estaba perdido. Surcos de latigazos brotaban de su piel. Sanguinolentos trazos de bestialismo dibujaban en ella la acupuntura del dolor. No había pasado mucho tiempo de nuestra detención, pero me dio la impresión que Iliana había envejecido en esas horas. Sus ojeras, transfiguradas en dos pequeños bolsos de angustia; la frágil desnudez de su carne sometida a viles castigos; y sobre todo, sus anhelos frustrados de libertad, le habían derrumbado el deseo de todo propósito. Verla en tal situación me hirió por dentro, como si me hubieran escupido el alma o meado el corazón.

Un hombre vestido con una máscara de payaso se acercó a nosotros, los prisioneros del pueblo, los fuereños. Vi que llevaba una bolsa negra de plástico. Sólo la sostenía en sus manos como si fuera un pañuelo. Vestido con un saco color marrón, la máscara de payaso resaltaba entre la poca luz de la bodega. Iliana se sacudía ante la mirada lasciva de los guardias, cuyos ojos saltones era lo único que se podía distinguir de ellos.

—El comandante le envía a estos perros —dijo un guardia de baja estatura. El payaso caminó en círculos sin decir palabra, no hacía más que mirar al polaco directo a los ojos. Unos ojos entre grises y azules, llenos de espanto, de horror. La máscara del payaso tenía dos mechones de pelo rojo y el centro de la cabeza pelona. La cara pálida, aterradora, un clown macabro iba a torturarnos.

—¡Póngame a ese cabrón de rodillas! —Ordenó el payaso de un grito, y tres guardias se dirigieron al polaco para sujetarlo de ambos brazos.

Le dieron un puñetazo en la cara. Le torcieron un brazo. Lo obligaron a hincarse. Un aulllido de dolor se esparció en la bodega. Luego vinieron los balbuceos de la asfixia.

Yo quería gritarle a Iliana: “Todo va a salir bien, no temas, no te des por vencida, no te acobardes”. Ella estaba ahí, en esa especie de jaula de acero, quizá como cautiva sexual de una pandilla de depravados y degenerados. “Estamos en el infierno mismo”—pensé—. Un guardia me dio un palmazo en la oreja. “Agáchese cabrón” —me ordenaron—. “ Y no levante la puta cabeza”.

Sólo escuché un ligero grito del polaco, luego la resonancia se ahogó de nuevo bajo la bolsa de plástico. “Avísenle al comandante que yo me encargaré del asunto”—fue la frase fatal que pude escuchar entre el silbido permanente que quedó en mi oído por la palmada. Los sonidos de asfixia se mezclaban con chasquidos de escupitajos que arrojaba el payaso. Yo quería mirar la escena y lo intenté pero otro guardia me dio una patada en el estómago. “Espere su turno, perro” —maldijo, y escuché que los otros guardias se rieron.

El payaso se divertía con demencia, colocando la bolsa en la cara del polaco. Pude ver de costado la calva blancuzca, los pelos rojos despeinados, la nariz bola; un clown poseído por una voluntad de maldad. Escuché risas burlonas de los guardias que presenciaban la crueldad con que el payaso perpetraba su tortura.

—¿Quién fue? Dígame o aquí le carga la verga —Yo no podía ver mucho, sólo escuchaba los gemidos inciertos que entraban a mis oídos con dolor. Por el palmazo que me dieron en la oreja, me seguía ardiendo y chillando. Pero lo peor no era el chillido infame sino los gemidos del polaco que se ahogaba con la cabeza metida en un plástico negro. Escucharlo era algo terrible.

¿Por qué el payaso estaba interrogando así a ese pobre hombre? Ni el polaco ni Mariano ni Felipe tenían nada que ver en nada de lo ocurrido. Tampoco el portugués fusilado a mansalva en la plaza. ¿Entonces por qué los habían detenido? El payaso no dejaba de increpar al polaco, cuando los gritos de unos niños resonaron en la bodega. “ ¡Papá! ¡Papa! ¡Hola papá!”. Eran mis hijos que gritaban desde el portón. Todos volteamos a mirarlos. Y ellos comenzaron a correr hacia mí para abrazarme.

—¿Qué pasa comandante? —Gritó el payaso. Un hombre que estaba en el portón junto a la madre de mis hijos levantó la mano y la bajó repetidas veces como diciendo “párale, párale”. Un puñado de pobladores armados con machetes rodeaba a mi exmujer.

Mi hijo mayor, me vio acostado en el piso y se quedó parado unos segundos, le llamó la atención el payaso; el menor, comenzó a llorar, le dio miedo. Los guardias se miraban entre ellos. Los llantos del más pequeño resonaban. Fue lo único que quedó flotando mientras el comandante se dirigía hacia nosotros.

Me levanté. Iliana me miró. La miré. Mis hijos se treparon en mis brazos y me besaron. El polaco medio se enderezó en el piso y comenzó a llorar muy fuerte. Los sonidos provenientes de su llanto me quebraron el corazón. Ahí estaban mis hijos a mi lado. Mis amigos. Mi excompañera. Toda esa vida de antes de la pandemia, transformada ahora en una persecución de sí misma. Todos éramos los culpables y los inocentes de una desgracia más global que nos socavaba el corazón.

—¿Quien es este pendejo comandante? —Preguntó el payaso.

— Lárgate de aquí. Y quítate esa máscara, no seas ridículo.

***