Amalia fue la vertiente de un río sin agua; un oasis imaginario en mi vida desierta.

Yo que recorrí sediento largos senderos en búsqueda de algo más, me topé de pronto con mi propia ilusión; descubrí de repente la sensación de perseguir una mariposa sin poder alcanzarla. Amalia estaba ahí con toda su sonrisa encima del cuerpo, como evidencia particular de una felicidad posible. El brillo de sus ojos, anegó los míos en el tapiz cristalino de las lágrimas que se me quedaron atrapadas en los párpados.

Me aguanté las ganas de abrazarla. Me contuve de besarle la mejía. Es decir, me acomodé a las formas establecidas de convivencia. Sólo por moderación. Sólo para mantener el flujo estable de las vidas cotidianas y comunes. La vi lleno de amor, y esa fue mi manera de decirle te amo sin decirle nada. “Entre, no se quede ahí nadamás mirando” —me dijo Amalia con voz suave—. “Lo siento… —respondí— no quería molestar a nadie… Oí a los perros ladrando y vi el humo de una fogata…”

Me invitaron a tomar una infusión de hierbas y me ofrecieron un plato de frijoles. Dormí por la tarde en un cuartucho que me asignaron, con un pantalón y el abrigo del hombre. Todo parecía tranquilo.

Esa noche fue el escenario de jadeos y sudores erógenos que inundaron mi alma de un éxtasis desgarrador. Cuatro paredes de barro fueron el recoveco de mi intimidad animal. Un amasijo de colchas, un desórden amueblado, una taza en el piso, todo aquello como detalles de un cuadro cuya composición resaltaba dos cuerpos entrelazados. Amalia dilató las pupilas del puro gozo, se estremeció entre empellones salvajes que le sacaron gritos escandalosos.

Todo ocurrió en la oscuridad, mientras el hombre que me había recibido dormía en otro cuarto sobre un petate de paja, vencido del cansancio, con el sombrero en los ojos. Yo sabía que él cargaba machete, pero la noche me hizo olvidarme de toda preocupación. Acaso el destilado de agave que me dieron, acaso la sensación de sentirme seguro, el abrigo que amablemente me concedió aquella pareja. Él dormía, mientras Amalia y yo redescubríamos la vida entre suspiros y gemidos.

La madrugada entera fueron horas embarradizas, que disiparon toda preocupación terrena sobre mi porvenir. Estaba el presente y nada más, como posibilidad verdadera para existir. Yo, venido de mi condición ajada por el monte, no sentía en mí la capacidad humana para comportarme conforme a las normas. Me dejé llevar por el arrebato, por la euforia que me produjo la vida en esos momentos. El instante fue una aventura autoconclusiva. No dependía un fin más allá del instante mismo. El fin era el medio, que nos revolcaba como dos fieras tragándose el corazón.

El golpeteo de una puerta sonó tras la pared, y tuve miedo de ser sorprendido por el hombre. Mi seguir estaba en juego. O me la jugaba o cedía mis pasiones más bajas en aras de un futuro. Opté por jugármela. Y seguí el vaivén del placer ciego. Líquidos amargos, sales de la piel, babas desenvueltas en el deseo. Sólo era el presente tierno y sucio, animal y bestia, sin luces ni argumentos, en toda su plenitud.

Un perro comenzó a aullar afuera. No eran ladridos sino una especie de canto triste. Los aullidos fueron una voz del viento. Tomé a Amalia de los hombros y le pedí que regresara a su habitación. Ella clavó sus ojos en los míos de una forma tan tierna. “Llévame contigo ―me dijo―, vámonos ahora mismo, yo te sigo a donde quieras ir”.

“Que el diablo me perdone” ―pensé,

Esa madrugada escapé con Amalia por la vereda de un cerro. Nos amaneció en las orillas de un camino de tierra donde la besé cargado de una felicidad inexplicable. “¿Y ahora ―me preguntó― a dónde vamos a ir?” Yo llevaba puesto el abrigo del hombre y un pantalón viejo de poliéster que me quedaba grande; los huaraches los tomé antes de fugarnos.

***

He escrito todo esto como testimonio fragmentario. Como voz tartamuda que sale para nombrar algo que es imposible narrar sin equívocos.

El cúmulo de ecos y reflejos no era más que una constancia de la permanencia, de eso que aún quedaba en mí como persona. La tentativa de seguir adelante tenía que considerar otras motivaciones, más allá de las ilusiones perdidas vistas desde el montículo de mi memoria.

El rancho fantasma al que llegué, me mostró una mesa muy distinta a la que yo buscaba como sinónimo de un hogar. Una mesa carcomida por el tiempo, con un pequeño pedazo de papel encima en el que pude leer: La vida real es una broma. Yo que no creía en ningún dios, sólo en el amor, sentí de pronto el vértigo de habitar en el vacío. De ser la nada misma reencarnada en un cuerpo desnudo sin orientación.

Tenía que salir, y para ello me dejé llevar por la intuición más ancestral. Seguí el curso de la luna noche a noche, bajo la luz tenue y clara de las madrugadas. La luna llena me concedió el fresco de cruzar a pie varios cerros sin que el sol llagara más mi piel. Tres noches merodee como venado nocturno del modo más silencioso. Un arbusto de moras en el camino fue la comilona que no tenía desde hace días. Debí comer más de cien, una tras otra, en el hartazgo de sentirme vivo a fuerza de necedad.

La tartaleta de la realidad fue eso, puñados de moras que me saciaron. La mermelada, agria y dulce, se hizo en mi boca a base de masticar como animal hambriento los frutos. Me llené los labios y los cachetes del jugo azul que estalló en mi hocico. Me salpiqué las manos del néctar antioxidante. Me relamí los dedos por el gusto de derramar mi lengua en el sabor chorreado. Escurridizas gotas que me hicieron sentir un éxtasis en todo el cuerpo.

La luna fue tal vez lo que me excitó. Un cosquilleo interno, como si hormigas anduvieran en mi pecho, se apoderó de mí en un plano de hojas secas. Bajo un árbol me protegí del sereno. Mi cuerpo estaba caliente de tanto caminar, de andar por caminos de subida y diagonal sin mapa de por medio. Un andar orientado por la luna y nada más. Como un lobo aullando, desee fundirme con el universo en un placer egoísta y unipersonal. Me tendí sobre las hojas secas y me quedé mirando al cielo.

Cientos de estrellas como pequeñas luciérnagas irradiaban allá arriba junto a la luna. Un grillo comenzó a cantar y su canto me llegó al fondo de mi ser como una caricia venida del cosmos. Era un cri cri muy suave, casi imperceptible, que entró a mis oídos como gemido orgásmico. Eyaculé chorros espesos de una nata color perla. Creyendo recibir en esa sustancia algún tipo de medicina, me tragué los bocados de gelatina acuosa como si fueran los últimos mendrugos de un flan. El grillo fue el placer de sentir algo profundo chispeando en mi ser, me produjo una excitación intensa no experimentada así nunca antes.

El placer debía ser sinónimo de estar vivo, de sentir la vida, de identificarse como organismo viviente. Por más espejismos que rondaran mi mente, la sensación había sido algo real, que me arrojó la certeza de estar existiendo. Sentí, y esa fue la comprobación de mi vivir. La mente era un engaño. Las aspiraciones, los planes, los proyectos, todo eso con lo que me entretuve tanto tiempo, de pronto se vio tumbado por una evidencia hasta cierto punto animal. “Soy un animal” ―pensé―. Seguí la ruta de la luna, con la intención de amanecer en alguna ranchería. Un nuevo enfoque movía mis pasos. No era más una persona, sino un animal con el deseo de existir.

Antes del amanecer escuché un gallo cantar de lejos. La nubes color toronja parecían algodones de fuego. Mi corazón se aceleró cuando escuché más de cerca a otros gallos. Los primeros rayos del sol aún dejaban ver la luna allá arriba, como congelada en la eternidad. Un cercado de tablas me salió al paso. “Buenos días” ―grité―. Tres gallinas, dos guajolotes, un gato, un burro atado a un árbol, todo eso era la vida. Salió un hombre con un machete y un sombrero maltratado.

—¿A quién busca? ¿Qué hace usted desnudo aquí? —Me preguntó muy tranquilo.

—Busco… Busco a quien sea… alguien que pueda decirme dónde estoy… que me diga qué día es hoy. Por amor tío… —Le dije tío porque así se estilaba en el pueblo al hablar con personas mayores.

—Pase, póngase esto mientras —me entregó su abrigo de lana y me dio una palmada en el hombro—. ¡Amalia! —gritó de pronto—, tenemos visita.

***

Creí que llegaría a algún sitio donde hubiera alguien más. Mi cueva de oscuridad, el monte agreste que me tenía cautivo, debía quedar atrás por mis propios pasos; plomizos pasos que cayeron en la lentitud al mediodía. “Agua de lluvia” —pensé—. Una elemental llovizna me devolvería el ímpetu, pero la ausencia de nubes se burló de mí, enmarcada en un cielo abierto a destajo. No hubo pájaros aquel mediodía, no hubo brizna, sólo la superficie terrena, la página en blanco de una escritura seca que era mi travesía. Sin embargo seguí, mantuve la certeza de tener el mundo enfrente.

Yo hubiera querido escuchar el ladrar de un perro, algo que me anunciara la proximidad de la vida que continuaba más allá de mí. Una estela de humo que insinuara una fogata, pudo ser lo suficiente para marcar mi ruta. La huella de un huarache, por ejemplo, me hubiera bastado para ilusionarme. La simple presencia de una gallina, significaba la existencia de un hogar cercano. Una señal de esas necesitaba para seguir creyendo, para seguir de pie. Pero no había nada, y yo seguí, flotando en el aire de mis anhelos de llegar a alguna parte.

Debía haber un sitio, donde el amar y el mar se unieran en una sola palabra. Un monte donde el amor se amontone. Una loma como lo más. Un pedazo de tierra para ser lo que se era.

El paisaje como una fotografía saturada de luz, cristalina luminosidad que floreció entre el yerbajo de desesperanza. “Mientras la yerba no tenga espinas” —pensé—. Caminaría descalzo hasta llegar a dónde fuera necesario. “Buenas tardes” —grité con todas mis fuerzas—. Un viento suave sacudió las ramas de un pino muerto. Un eco resonó a la distancia “…ardes… ardes… ardes…” Era mi voz disipada por los aires.

No supe cuántas horas caminé esa tarde. Lo cierto es que no pude llegar a ningún lado. La puesta del sol me agarró en una planicie de pasto y resina donde encontré una familia de hongos. “Que sea lo que sea” —susurré—. Primero tomé uno y lo metí a mi boca con lentitud. Un sabor amargo y ácido endulzó mi lengua; no sentí más diferencia en mi cuerpo. Luego comí el segundo. Ya para el tercero lo hice sin respeto. Y así, me comí los siete hongos, como si fuera la carne de los dioses, de esos dioses sin cosmogonía ni cosmovisión.

Era de noche cuando desperté tendido en un catre, cubierto por un cobertor, con un manojo de flores amarillas sobre mi frente. Muy cerca de mí, una pequeña anciana de cabellos blancos atizaba un fuego. De un manotazo me tumbé las flores. Cayeron al piso de tierra aplanada y no sé por qué pero escupí. Como si en ello arrojara al mendigo rupestre que habité en el monte. Quise enderezarme y al escuchar mis movimientos la abuela me dijo: “No se mueva, siga durmiendo, usted necesita descansar”. Un aroma de tranquilidad provenía del humo blanquecino de la fogata. Los ojos se me cerraban. “¿Qué día es hoy?” —pregunté, pero nadie respondió.

La imagen de un santo que yo no conocía, resplandeció ante el fulgor repentino de una vela. Creí que era la abuela, que volvía para ponerme más flores. Tras un tiempo incierto, descubrí que todo fue una confusión, un efecto óptico de mi propia retina. Los párpados fueron las cortinas que cerraron mi mirar despierto. Todo lo que vi fue acaso un desvarío moribundo.

“Lárgate de aquí” —me atreví a decir sin estar seguro que alguien me escuchaba—. “Lárgate”. El santo que había estado mirándome a los ojos comenzó a levitar y atravesó el techo de zacate antiguo que me albergaba. Voló en cámara lenta, como diciendo adiós con la mirada, como diciendo hasta siempre compañero. Sin embargo yo no pensaba en él cuando dije “lárgate”, mi espanto provenía de aquella blancura innombrable de la anciana. “Duérmase ya cabrón” — me dijo una voz al oído—. Giré la cabeza y una luz resplandeciente estaba ahí, sin que yo pudiera distinguir su rostro. “Estoy listo para irme —le dije—, llévame a dónde tú quieras… sácame de aquí”.

No recuerdo todo lo que sucedió esa noche. Quizá estuve muerto un rato. A la mañana siguiente yo seguía en la planicie de pasto y resina, lleno de mocos y de una fiebre terrible. Arrojé borbotones de baba viscosa y seguí caminando. Después de mucho andar, por fin llegué al manchón que yo creía un poblado. Tres casas abandonadas y nada más, vestigios de una familia ancestral que habitó tiempo atrás la vida. Los hongos me revelaron algo, que antes nunca había visto. ¿Acaso las chozas caídas frente a mis ojos, eran el cementerio viviente que me esperaba después de tanto recorrido?

Tres construcciones antiguas no podía ser el mundo que yo imaginé. Tenía que haber algo más. Caminé por una brecha por varias horas hasta que escuché ladrar los perros. Algo había detrás de ese ladrar lejano, acaso la posibilidad de renacer, acaso un espejismo sonoro de mi propia demencia. Fui a prisa, lo más que pude, siguiendo el eco de ladridos. Llegué a una especie de rancho donde me recibieron tres perros que no dejaban de mover la cola mientras se acercaron para olerme.

Habían dejado de ladrar tan de repente, que llegué a pensar que no eran reales. Me arrodillé para acariciarlos pero se alejaron de mí en silencio al extender la mano. Un enano bigotón se asomó detrás de un pino. Sólo escuché un crujido de ramas secas y no lo volví a ver más; se perdió entre la maleza como un duende travieso que se burlaba de mí. Un portón de acero viejo y oxidado se me presentó a la vista. Tras el óxido y la herrumbre estaba la esperanza de encontrar lo que me sacaría de mi condición animal.

Una nube nubló el cielo, yo crucé el portón sin hacer ruidos. Por fin, había llegado a un sitio. Una mesa rústica y destartalada estaba bajo un árbol. Me acerqué dando pasos lentos. Encontré un papel amarillento y arrugado encima, como si alguien me hubiera dejado un recado. Una piedra cualquiera sostenía el letrero para que el viento no se lo llevara. Escritas con tinta negra unas letras decían: La vida real es una broma.

“¿Hay alguien aquí?” —grité— “¿Alguien me escucha?” —Ni los perros, ni el duendecillo, ni siquiera el viento dijo algo.

***

Nunca supe si fue cierta la vorágine de hélices, esa mariposa de metal ruidosa que iluminó el cielo por unos segundos. ¿Hasta qué punto mis ruidos internos se confundían con el exterior que se manifestaba, acaso para salvarme?

La nave pasó, y no fui capaz ni de levantar un brazo, de emitir algún silbido, de mover algunas ramas para que se dieran cuenta de mi presencia. Fue curioso escuchar entre el estruendo de fierros el cántico infantil de un niño asombrado. “Yo fui aquel”, —pensé en silencio una vez que el ruido se desvaneció.

Frente a mí quedaba la distancia, que separaba el monte de la vida. Quise creer que el helicóptero volvería a pasar, pero eso no sucedió. ¿Estaba alucinando? Dos piedras, una en cada mano, fueron la herramienta que me dio la clave. Al ritmo de un corazón pausado, las hice sonar chocando una contra otra, en una melodía de ternura que me tranquilizó. Ligeras rebabas de polvo tiznaron mis manos y entonces me creí artesano, escultor del silencio que yo por obra de magia convertía en música. Las piedras fueron el cantar de dos manos absortas en el gozo de vivir como primate.

La sinfonía del ramaje, oleaje turbo del viento in crescendo, compás de un ritmo acorde a la armonía plural de un verso sin palabras. Yo fui el ritmo, que vertió en el metrónomo de un corazón, el deseo de seguir caminando. El mineral rocoso de acústica vital, me llevó a mover los pasos a contratiempo. Fui más a prisa de lo que pude. Avancé cuanto di de mí para llegar antes. Quieto sólo a ratos, con la consigna de encontrar el rumbo, sólo quieto para mirar algo bello, algo no visto por nadie más. Luego el andar, de nuevo el andar terco y necio por seguir. Un tubérculo similar a un camote común y corriente me dio el azúcar necesario, la proteína vegetal que mi bestia supo asimilar.

El ritmo fue el motivo que mi cabeza decidió obedecer. No yo, mi cabeza. La melodía ancestral que desde siempre me había acompañado sin yo reconocerla. El viento, flauta de los dioses, penetró por mi nariz como un respiro de colores. Todo pensamiento fue superfluo, inútil, sólo bastaba dejarse llevar por el tic tac de piedras despolvando poco a poco en el pliego de mi piel agrietada por el sol.

En la punta de un pino, un pájaro se puso a cantar de una forma tan colorida, que mis ojos vieron flores donde sólo tierra había. Aquel canto asimétrico y arrogante, fue el mariachi de muertos que rondaba el monte. No era un canto triste ni melancólico. Más bien, dicho cantar parecía venir de las partituras secretas que escondían lo que yo tenía que escuchar. “Dímelo, dímelo por favor” —le dije al pájaro en mis pensamientos y él siguió cantando sin que yo lograra comprender ningún misterio.

“No te vayas” —le dije, pero no hizo caso, y se fue.

Subí por una loma que me permitió ver más lejos, pero también me restó el aire y el entusiasmo. Más allá sólo había vida vegetal, pinos y cedros mezclados con arbustos y matorrales. Bajo mis pies, un puñado de hormigas treparon por mis dedos. Me recosté en la tierra y las dejé subir una a una esperando que comenzaran a tragarme.

La sensación de sus patitas diminutas me produjo escalofríos y se me erizó la piel. Yo quería que me picaran. Primero fueron tres, luego siete, de pronto ya eran trece, y así en muy pocos minutos las hormigas me tapizaron el cuerpo. Llegué a contar cuarenta y dos, y en esas me quedé cuando opté por cerrar los ojos.

Estuve tendido sin moverme para hacerles fácil la tarea. En mi piel ajada cada vez se multiplicaron más los pequeños cosquilleos. El piquete inicial no llegaba, la hormiga malvibrosa no aparecía. Sólo faltaba que una empezara la agresión para que el resto siguiera la acción.

Lo más incómodo fue cuando se me introdujo una hormiga de patas largas en el ano. Temí que las demás quisieran hacer lo mismo. Acaso entrarían por mis orejas, por la nariz, por mi boca. La hormiga entrometida que ingresó sin previo aviso por mi ano, murió de un apretón de nalgas que nadie percibió. Fue como una contorsión del recto que me permitió estrangular a la pobre hormiga. Sólo sentí su esqueleto tronar dentro de mi cavidad anal, y me quedé tranquilo.

Jamás di el manotazo, el movimiento brusco, precipitado, las hormigas me acariciaron más que hacerme daño. No me picó ni una. Acaso los hedores de mi cuerpo las ahuyentaron. Sólo una murió y fue por temor a que llegara hasta alguno de mis órganos. De forma ordenada y respetuosa, al paso de un tiempo prolongado en el que no hice más sentir sus cosquillas, el ejército de amables hormigas comenzó a descender de mi cuerpo y siguió su marcha por una traza lineal que se adentraba en la maleza.

¿No era yo un animal más en este monte desierto? Allá muy lejos pude ver un manchón indeciso, acaso la cabecera de algún poblado, de alguna ranchería. “Mañana mismo estaré ahí”. —Eso pensé en ese momento. Pero entonces yo no sabía lo que estaba a punto de ocurrirme.

***

¿No era el mío un triunfo más del absurdo? Un puñetazo sutil de rama seca vertida en la tierra para escribir a nadie un Te amo, y nada más. Como quien grita en seco en medio de un pueblo fantasma sin que alguien le escuche. Tatué esas dos palabras sobre la epidermis del cosmos para enunciar en silencio una victoria más de mi fracaso. Resquebrajé el polvo cósmico que antes movió mis pies y lo convertí en ceniza ardiendo antes que fuego muerto. Así decidí seguir camino. La rama fue un báculo, un bastón de la palabra que me concedió sacar mis últimos suspiros.

Un cuerpo quieto sobre la piedra caliza del mundo, eso era la vida en las ciudades. El sapo de mi corazón lo sabía. Seguir saltando consistía en ganarse la posibilidad de habitar un charco, cual si fuese el universo entero. Cualquier pedazo de tierra era lo mismo, el chiste estaba en seguir vivo, lo de más era lo de menos.

“¿Alguien me escucha?” —grité, pero nadie respondió. La resonancia de mi voz se disolvió en un eco cerebral. Acaso los rumores propios, los susurros permanentes, el monólogo recurrente al que mi cabeza se había acostumbrado en mi andar por el monte, solo y perdido. Ecos y nada más, susurros de un grito distante que fue voz alguna vez, que fue vez alguna voz. Ruido de gargantas mudas que permanecieron bailando en la danza de silencio que fue la música autobiográfica de mi frecuencia en amplitud modulada.

El grito del monte más que una resonancia sin respuesta fue un estallido plural, que me devolvió la conciencia de pertenecer al mundo, al pedazo de tierra que me tocaba habitar. Mi charco era ese espacio disponible a mi cuerpo. El sapo necio que me anima, es decir mi corazón latiente, debía reconocer en la geografía específica el centro y los cursos posibles para orientarme.

Caminé entre yerbas con la ilusión de pisar tierra firme. Y el suelo se me presentó como algo digno de confiar. Sólo debía seguir. Omitir las dudas y los miedos que desde tiempo antes me habían detenido tanto. El camino era algo por hacer, y no vereda trazada por un mapa ya escrito. La búsqueda más que otra cosa fue la ruta de la luz. Caminar en dirección al sol como si llegar a él fuera posible. Un halo de esperanza podía ser un rayito simple rozando en mi piel. El brillo de una hoja, el destello de un grano de arena, la luminosidad de una nube, todas fueron pistas que me guiaron.

En la cavidad de una loma, me senté a reposar un rato. Por instantes fui un cavernícola al acecho. Vencido de cansancio y debilidad mastiqué las hojas verdes de un arbusto. Me puse a escupir saliva amarga. Tragué varios escupitajos para hidratar mi espíritu y seguí masticando hojas hasta saciarme. Mi sombra se alargó en la tierra, como una silueta elástica a punto de desvanecerse. Quise tirarme sin más y ceder al impulso de vivir, comer hormigas o lo que fuera, alimentarme de flores y beber el agua de las plantas.

Mi locura cedió paso a un entendimiento de lo humano como un juego que había que jugar hasta sus últimas consecuencias. Me vi desnudo, a pleno día, en el trazado infinito de un croquis sin punto de llegada. Yo era el punto rojo de ubicación, el centro desde donde todo se bifurcaba. Mas no había vueltas a la derecha ni a la izquierda que indicaran por dónde ir. Pinos, árboles mudos, pasto y resinas, fueron las avenidas de mi capital. Descalzo y sin calzones, sin agua ni alimentos, pude distinguir en la lejanía una mesa rústica donde estaba lo que todo el mundo entendía por vivir. Sólo tenía que salir del monte, reincorporarme a la carretera que me llevaría a la vida.

“Yo volveré a pisar las calles nuevamente”, fue mi primera resolución, lo que me sacó de mi letargo cavernario y me incitó a seguir. El resto de la historia, lo que me trajo hasta aquí, vino después.

***